La retadora buscó con su mirada a su espigada rival de ojos azules. Apretó fuerte el protector en su boca. Golpeó sus guantes el uno con el otro y comenzó a dar pequeños salticos a punta de zapatillas, mientras en el centro del ring el anunciador oficial de la pelea, vestido de negro y lacito al cuello, engolaba la voz para que retumbara entre los casi mil hombres que se apiñaban en las gradas y las sillas para ver una pelea de boxeo en discusión por el título mundial femenino en Miami. Cosa rara en los años cuarenta.

Los gritos eran ensordecedores. La campeona mundial, una joven estadounidense nacida en Indiana conocida por Gina, se mostraba tranquila. Por su parte la cubana Silvia Torres, más bajita en estatura y alcance, no dejaba escapar detalle alguno con su intranquila mirada. Mucho había esperado por esa pelea que, si ganaba, la convertía en campeona mundial de las 115 libras.

Un último consejo le dio su entrenador: “No te apures, pero no dejes de buscarla y trata de pelear en el cuerpo a cuerpo. Te quiero ver ganadora, y es ahora”.

Salió de la esquina con los guantes en alto y un bonito pasillo hasta el centro del encerado. Un directo de derecha rozó su barbilla y una izquierda le entró en forma de swing por la oreja derecha. Era rápida su rival y sacaba muy bien sus manos. En los dos primeros asaltos no hubo suerte decidida, aunque ella estaba colocando mucho mejor sus puños.

Sobre el decisivo tercer asalto Silvia contó en una ocasión en su casa de Miami: “Seguí buscándola y justamente en la esquina contraria encontré la brecha”: sus manos combinaron izquierda y derecha al rostro y, rápido, sin dejar dar ni un paso lateral a su rival, la enganchó con su hook de izquierda al hígado y después la cruzó con una derecha a la mandíbula que la lanzó a la lona. En menos de un minuto de ese asalto alcanzó el triunfo. Se lanzó hasta las cuerdas y en ellas se subió para saludar al eufórico público: así nació la campeona mundial que había nacido en La Habana el 29 de mayo del año 1913..

Pudo haber sido así en muchas ocasiones, cien o más, porque la cubana Silvia Torres Cruz cruzó guantes en su peso con las mejores del mundo y jamás perdió el título. Caminó gran parte de Europa y un sinnúmero de naciones de América Latina, así como de Estados Unidos, e incluso llegó a pelear en Sudáfrica y Australia.

Sin embargo, su pelea más importante la sostuvo a los seis años de edad, cuando en un lamentable accidente de tránsito perdieron la vida sus padres. Casi ya la llevaban para un orfelinato, cuando un vecino, Lázaro Duvalier, pariente del dictador haitiano, asumió la responsabilidad paternal. Suerte que este hombre había sido campeón de boxeo en su país y poseía un gimnasio, donde la pequeña acudía todas las tardes después de sus clases en la escuela. Allí comenzó a aprender los secretos más importantes del pugilismo, hasta que a los 16 años de edad debutó en La Habana con triunfo. A los 25 años conquistó el título de Campeona de Cuba.

No se conformó con el título universal de boxeo y se convirtió también en excelente luchadora. Para esa fecha se casó con Lino García, campeón nacional en las 126 libras, quien fue su gran amor, pero todo no fue más allá de un año, porque en pleno ascenso de la boxeadora el titular cubano quiso que ella se retirara para que se dedicara a la casa y a criar los hijos que tendrían. Silvia fue muy categórica: “Creo que coincidimos en ese pensamiento, lo único que el que se va para la casa eres tú, y no yo”. Ahí terminó todo.

Esta mujer, nacida para el boxeo, mientras tuvo fuerzas, no se separó de él. Y cuando le dijo “hasta luego” y se recluyó en su hogar, no dejó de verlo por televisión ni perdió el contacto con muchos de quienes compartieron con ella la suerte de amarlo.

Jamás se retiró. Rondando casi los 80 años de edad todavía se atrevía a irse hasta el gimnasio a enseñarle a los muchachos a sacar las manos, “haciendo sombra”, bailando la suiza, conectando golpes en la pera o el saco, corriendo varias millas en horas de la madrugada cada mañana de la vida, curando las heridas en cada combate de los mejores boxeadores de la cuadra del gran promotor cubano Tuto Zabala y yendo a cuantos programas de televisión la invitaban, tanto en Estados Unidos como en el exterior.

Su anhelo siempre fue crear una escuela o gimnasio de boxeo para niños pobres, preparar campeones que trajeran títulos para Miami y no faltar en la esquina de los que ella más quiere cuando pelean. No logró su gimnasio, pero contribuyó a que muchos niños y jóvenes se sumaran al boxeo y cosecharan triunfos.

Durante muchos años fue la única mujer autorizada a subir al ring a trabajar con los púgiles. Y lo hizo con orgullo, con su camiseta con los colores de la bandera cubana y su nombre en letras doradas, bien grande, como para que todo el mundo supiera que ella, y más nadie es Silvia Torres, la cubana campeona mundial fiel amante del boxeo.

No se volvió a casar. Siguió unida con el boxeo, en realidad el único amor de su vida. Vivía muy cerca del gimnasio de la calle 36 y la avenida 18 del noroeste de Miami, donde han entrenado tantos campeones latinoamericanos. Los golpes de los años fueron los únicos que pudieron ganarle su último combate, hace alrededor de tres años, en su pelea estelar por la vida, pero entonces ya tenía 93 años. Nunca se bajó del ring, siempre estuvo cruzando guantes, ganando y perdiendo batallas, pero siempre peleando. No habrá quien le quite sus records, sus títulos, los grandes combates que sostuvo ni tampoco aquella manera de enseñar lo que sabía a los demás para que alcanzaran sus sueños. Vale el recuerdo para nuestra gran campeona cubana.

silvia torres articulo

Comenta sobre este articulo