Carlos Monzón: Una leyenda argentina reverenciada y menospreciada -En ocasiones, la historia que crees que vas a escribir toma un giro decisivo. Casi siempre ese es el caso en el boxeo, donde el resultado de una pelea puede ser cualquiera, y puede dar un giro hacia el lado opuesto con un solo golpe.

Mi noción original fue la de conmemorar la carrera del más grande boxeador argentino, el ya fallecido Carlos Monzón, quien le arrebató el título de peso medio al italiano Nino Benvenuti en un enfático nocaut en el doceavo asalto el 7 de noviembre de 1970 en el Palazzetto delo Sport en Roma.

Con ese fin, vi de nuevo la grabación de la actuación de Monzón esa noche contra el que en el futuro sería un miembro del Salón de la Fama, con el fin de evaluar su lugar en la lista de los mejores de esta división de todos los tiempos, el “Quién es Quién” del cuadrilátero, que incluye a boxeadores de la talla de Harry Greb, Stanley Ketchel, Sugar Ray Robinson, Charley Burley, “Marvelous” Marvin Hagler y de épocas más recientes, Bernard Hopkins, y el aún activo Gennady Golovkin. Hay quienes ponen a Monzón al frente de esta exclusiva alineación.

Pero aunque Monzón fue sin duda uno de los grandes de todos los tiempos, proclamado como tal en la portada del 8 de agosto de 1977 de la revista Sports Illustrated con una foto en acción de su última pelea, una victoria por decisión unánime  en un combate de 15 asaltos ante el colombiano Rodrigo Valdez, y un encabezado en el que se leía Monzón El Magnífico: Campeón Peso Medio Gana su 83era Consecutiva, encabezados más recientes de diferente índole me hicieron preguntarme si mi planeada celebración del genio de su arte debería ocuparse más de sus muchos fallos como ser humano.

“Acoso sexual” y “violencia doméstica” son temas más candentes hoy de lo que fueron décadas atrás, antes de que el empoderamiento de las mujeres sacara estas problemáticas de las sombras y a la mirada generalizada del escrutinio público. Pero hay una diferencia significativa entre los censurables pero no violentos abusos de poder atribuidos al ejecutivo del cine Harvey Weinstein y aquellos de Monzón, quien literalmente maltrató a varias de sus esposas y amantes cada vez que fallaba en controlar sus impulsos de manera adecuada. Ese patrón de agresividad sin control terminó cuando Monzón, un Ídolo popular en Argentina, fue condenado por homicidio en 1988, luego de haber estrangulado a su segunda esposa, la modelo Uruguaya Alicia Muñíz, y haberla tirado del balcón del segundo piso de la casa en que la pareja estaba hospedada.

Pero aún así, millones de compatriotas de Monzón aún reverencian a su ídolo caído en desgracia, quien murió en un accidente automovilístico  los 52 años, junto al pasajero Gerónimo Domingo Mottura, el 8 de enero, 1994, cuando se encontraba fuera de prisión con un permiso de salida temporal. Evidentemente la pena por homicidio es mucho menos severa en Argentina para aquellos que tienen estatuas erigidas en su honor.

La estatua, ubicada en la costa de Santa Fe, Argentina, representa a Monzón con sus brazos extendidos hacia el cielo en jubilosa victoria, y supuestamente es “iluminada por la luz de la gloria eterna”. Un escritor argentino reflexionando sobre el mensaje que el lugar de prominencia de la estatua continúa teniendo, mantiene que “…nadie puede juzgarlo (a Monzón). Su vida, así como su papel en el boxeo, siempre ha sido una obra de arte. Pararse frente a su estatua es suficiente para recordarlo mientras se evita que las lágrimas corran por nuestras caras”.

Para aquellos que no desean o son incapaces de diferenciar a Monzón el campeón, de Monzón el asesino y agresor serial de mujeres, esta racionalización es bastante común.  El venerar a un héroe no permite mucha introspección a aquellos que se rehúsan a aceptar los vicios de personalidad de sus ídolos, ni está confinado a un país, cultura o clase en particular. El boxeo, y el mundo del deporte en general, están generosamente dotados de nombres de atletas famosos quienes han irrespetado mujeres, y peor, porque ellos sintieron que de alguna forma estaban por encima de las leyes de la sociedad civilizada que aplican a todos los demás. Estrellas del fútbol americano Aaron Hernández y Lawrence Phillips, ambos ya fallecidos,  cometieron homicidios, y O.J. Simpson fue acusado pero no sentenciado por un homicidio doble. Tom Payne, el otrora estrella de baloncesto de la Universidad de Kentucky, está aún encarcelado luego de ser condenado por múltiples violaciones. El ex “running back” de la NFL Ray Rice, literalmente perdió su carrera luego de que saliera a la luz un video en el que de un solo golpe noqueó a su novia (ahora esposa) y la arrastró por el cabello fuera del elevador de un hotel.

Jack Pemment, doctor en sicología, escribió un tratado académico sobre boxeadores y violencia doméstica que explica pero no justifica los (usualmente) muy publicitados incidentes, mientras mantiene que la disciplina esperada por un boxeador puede también mitigar el ansia de ceder a los sentimientos de ira contra una esposa o pareja.

“El boxeo está íntimamente ligado con clases sociales trabajadoras y en pobreza”, escribió Pemment en Psychology Today (Psicología Hoy). “La conexión entre pobreza y boxeo es un caso de estudio fenomenal en sí mismo”.  Citó tres causas posibles para que los individuos se tornen “irracionalmente reactivos”: uno, ser un boxeador con miedo de volver a sus raíces pobres, otro, ser un boxeador exitoso buscando demostrar que merece ese éxito, y, finalmente, problemas de estrés y personalidad conectados a una conducta violenta.

Pero, concluye Pemment, “no hay fórmula para determinar si (estos desórdenes) pueden resultar en un problema de control de impulsos.” Además, manifiesta, que “ha habido numerosas instancias en las que unirse a un gimnasio de boxeo ha literalmente ayudado a mantener a los niños fuera de las calles y de las pandillas. Esto tiene el efecto inmediato de prevenir el que los niños sean expuestos a violencia criminal.  En este infinitamente complejo embrollo de la conducta humana, siempre habrá excepciones a estas cosas (que llevaron a violencia doméstica), pero por esto es que pienso que el boxeo ha probablemente ayudado a reducir resultados agresivos fuera del cuadrilátero, contrario a fomentarlos.

“Para estar seguros, hay personas que han sido golpeadas por boxeadores (Floyd Mayweather es el mejor ejemplo de alto perfil), y no quiero minimizar el problema de la víctima. No hay excusa para la violencia doméstica, y aun mantengo que (idealmente) los boxeadores deberían tener una mayor conciencia del daño que pueden causar, y esto es, quizá, la razón por la que deben ser sometidos a un estándar más alto. La violencia doméstica es un aborrecible problema social endémico el cual impacta a demasiadas personas cada día. Si el boxeo de una u otra forma fuera removido de la ecuación, las cifras no caerían.”

La cual es una manera sofisticada de decir que la culpa no recae necesariamente en la profesión o puesto de un individuo, sino en el sentido de moralidad de esa persona. Pero al igual que Harvey Weinstein y Bill Cosby son demasiado alto perfil para evadir la atención para siempre, y también lo son los pugilistas que se desvían de las normas aceptadas como Monzón, Mayweather, Mike Tyson, el difunto Jake LaMotta y algunos otros notables. Sus fanáticos pueden elogiar lo que hacen dentro del cuadrilátero, pero eso solo comprende una porción de quiénes son en realidad como un todo. Tal vez, la totalidad del carácter de una persona debería ser considerado antes de entregar nuestros corazones como adolescentes enamorados.

El puesto de Monzón en el pedestal del boxeo está asegurado para siempre, lo mismo el de Mayweather, con su record 50-0 e ingresos brutos que han batido todos los récords. El lugar de “Money” en la historia del boxeo está asegurado, pero eso no debería absolverlo de otro tipo de historia, que incluye siete incidentes separados de abuso doméstico contra cinco mujeres diferentes desde el 2001, uno de los cuales resultó en una sentencia a 90 días de prisión. El sentimiento de merecimiento de Mayweather es tal, que exitosamente buscó prohibir que se otorgara credenciales a dos periodistas femeninas, Michelle Beadle de HBO y ESPN, y Rachel Nichols de CNN,  para cubrir su megapelea del 2 de mayo del 2015 ante Manny Pacquiao porque habían sacado a relucir las aspectos menos agradables de su vida, los cuales él hubiera preferido que no salieran a la luz.

Tyson, por supuesto, cumplió tres años por la violación de una concursante de belleza adolescente, hecho que ha negado cometer. En una entrevista con Greta Van Susteren de Fox News, denunció a la víctima como una “perra falsa” y “reptil mentirosa,”   y mientras reiteraba eso y el haber sido falsamente condenado, le hubiera gustado “hacérselo” a ella y su madre como una forma de revancha. Este es el mismo tipo que una vez alardeó que “el mejor golpe que he encajado,” fue a Robin Givens, su primera esposa.

LaMotta, el “Toro del Bronx” (Bronx Bull) cuya vida sórdida fue registrada en la película de 1980, ganadora de un Premio de la Academia,  Raging Bull (Toro Salvaje), tenía 95 cuando falleció el 19 de setiembre. Cuando una vez la segunda de sus siete esposas, Vikki, le preguntó por qué sentía la necesidad de golpearla, LaMotta dijo que era porque él la “amaba” y que pensaba que le serviría asustarla para que se quedara con él.

Todos tienen defectos, algunos más pronunciados que otros, y todos debemos mirarnos largo y tendido al espejo antes de tirar piedras a la casa de vidrio de alguien más. Está bien admirar a un pugilista y lo que hace dentro de las cuerdas para entretenernos. Pero esa admiración es una pendiente resbalosa en la que nos aventuramos cuando perdemos de vista la imagen completa, que no es sino el modo en que cada uno de nosotros se ubica en el tapiz de la existencia humana.

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