margarito debe colgar los guantes pekAntonio Margarito nunca ha dejado de luchar. Luchó contra Miguel Cotto sin desmayar durante 10 asaltos la noche del 3 de diciembre en el Madison Square Garden. También frente a la Comisión Médica de Nueva York para que le otorgaran la licencia para subir al ring. Y allí encima del cuadrilátero batalló frente al médico Antony Curreri y al árbitro Steve Smoger en busca de continuar “un round más” a pesar de su masacrado ojo derecho.

Lo hizo ante el filipino Manny Pacquiao en Arlington, Texas en 2010 sin importarle que como consecuencia de la paliza propinada por el asiático sufría un intenso dolor por una fractura orbital que en pocos días lo envió al quirófano.

Meses después tuvo que sacar su estirpe de incesante fajador para enfrentar la vergüenza cuando detectaron que durante la pelea contra Shane Mosley, los vendajes de sus manos habían sido alterados con una sustancia ilegal y lo suspendieron un año, aunque expresó hasta el cansancio que desconocía el engaño, tramado y ejecutado por su entrenador.

Margarito luchó contra la decisión arbitral el 3 de diciembre en Nueva York porque “a Cotto lo protegieron” en los rounds finales, cuando él “podía haber noqueado al boricua”, quien en contra de sus palabras se veía en magnífica condición física y desarrollando un excelente plan táctico.

“Pega como niña, lo sigo diciendo ahora y sabía que el ojo sería una forma de detenerme la pelea”, dijo molesto y a pleno pulmón Margarito sobre la decisión de interrumpir sus sueños.

El mundo boxístico reconoce la entereza, gallardía y coraje (podrían añadirse más virtudes a este fajador nato) de Margarito sobre el ring.

Pero desde mi modesta opinión el combate contra Miguel Cotto en el mítico Garden, de Nueva York, marcó el epílogo, el triste adiós para el “Tornado de Tijuana”. La incontrastable realidad es que ya no tiene ningún futuro entre las cuerdas y su salud está en peligro si recibe otra golpiza.

A tres meses de cumplir 34 años y exhibiendo una larga carrera que se inició con una victoria a los puntos frente a su compatriota José Trujillo en 1994, el azteca no tiene nada que demostrar, poco que ganar en reconocimiento y sí mucho que perder. En lo adelante la lesión del ojo sería un rival oculto, silencioso y agazapado, que se pondrá en su camino para que sus guantes no vuelvan a mirar al cielo como resultado de la victoria.

Y si nuevamente obtiene el permiso para salir a pelear en algún estado, médicos y árbitros detendrán el pleito con rapidez cuando observen síntomas traumáticos, en una zona ya frágil y debilitada, que los exonere de responsabilidad ante una posible ceguera definitiva a causa de los golpes.

El “Tren Expreso” ha ratificado hasta la saciedad el extirpe de los peleadores mexicanos. Ahora esa misma fortaleza la tiene que exponer para colgar los guantes. El y su familia lo necesitan. Y sin dudas es la más sabia decisión.

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