Medallita bandera okt242013 cc03fTomado de la revista Soho

Al igual que miles de niños costarricenses, David Alejandro Jiménez Rodríguez quebró más de un vidrio durante su infancia. Sus disparos a marcos improvisados terminaron rompiendo ventanas en el precario donde vivía. Corrían años difíciles. Sus padres, doña Ana María y don Alejandro, debían controlar el temperamento fogoso de su pequeño hijo. Años más tarde, ese mismo carácter lo haría triunfar en el boxeo con el sobrenombre de Medallita.

Una década después de esas andanzas, me encuentro con un joven de veinte años que trata de noquear la pobreza mientras pone en alto el nombre de Costa Rica a nivel internacional en la categoría de cuarentainueve kilogramos, la división más pequeña del pugilismo.

Viste sencillo pero impecable; lleva pantaloncillo negro, camiseta roja y tenis, todo muy bien cuidado. Quizá quiera recordarnos que la vanidad no es enemiga de la pobreza.

Dicen que los boxeadores hablan sobre el ring; por eso decidí que nuestra conversación discurriera sobre el cuadrilátero del Polideportivo de Cartago, donde David se siente a gusto, tal vez porque le recuerda sus 220 combates, de los cuales ha ganado 209.

Jiménez no solo es rápido de pies y manos. Tras el primer intercambio de palabras, noto que se expresa con soltura. Su tono es firme y su verbo, fluido: no parecieran los de un joven que apenas pudo terminar el sexto grado porque la situación difícil que atravesaba su familia lo obligó a buscar trabajo cuando era apenas un niño.

El sueño de todo púgil es ganar un cinturón mundial y los enfrentamientos de campeonato se pactan a doce asaltos. Conversé con Medallita durante doce rounds de tres minutos cada uno, casi sin tiempo para el descanso. ¡Suena la campana!

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Primer round

La pasión por el boxeo la heredó de su padre y su boxeador favorito era Óscar de la Hoya, el Chico Dorado. “Recuerdo que a papá le gustaba ver a De la Hoya. Yo era un niño y nos quedábamos hasta las once de la noche para ver las transmisiones de canal 7. Era un orgullo observar con mi viejo esas peleas en nuestro pequeño tele”, recuerda Jiménez.

Precisamente, fue el boxeador estadounidense, de origen mexicano, quien sirvió de inspiración para Medallita. “En él me veo y me reflejo porque es el ejemplo a seguir”, recalca. El Chico Dorado también tuvo una infancia difícil en Los Ángeles; incluso, perdió a su madre pocos meses antes de viajar a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, donde fue el único estadounidense en ganar medalla de oro en boxeo.

Segundo round

Intentando seguir los pasos de Óscar de la Hoya, Jiménez visitó al entrenador Freddy Acevedo, quien le tomó mucho cariño. De este acercamiento surgió el apodo de Medallita, pues David quería tener una medalla y le insistió a Acevedo para que le regalara una. “En ese momento tenía trece años; la medallita me conmovió mucho. Me dieron ganas de llorar y, desde ese momento, mis compañeros comenzaron a llamarme Medallita, por el simple hecho de la medalla”, relata con algo de nostalgia.

Esa fue la única presea que le regalaron a David; quien, a lo largo de su carrera, ha ganado cuarenta galardones, sobre todo de oro y de bronce, en Costa Rica, Centroamérica y también en el Cono Sur.

Tercer round: “¿Qué le ha dado el boxeo?”

Aunque confiesa que nunca fue de peleas callejeras, el púgil, nacido en Cartago el 15 de abril de 1992, reconoce que el deporte lo ayudó a mejorar su comportamiento. “Antes tenía un mal vocabulario; pero, con ayuda de mis entrenadores, todo cambió para bien”, admite y agradece al boxeo, al Comité Olímpico Nacional (CON) y al Instituto Costarricense del Deporte y la Recreación (Icoder) la posibilidad de conocer varios países y alojarse en hoteles finos “con buen desayuno, almuerzo y cena”.

Cuarto round: “¿Se ha quedado sin comer para cubrir alguna necesidad relacionada con el boxeo?”

Medallita cuenta que una vez estuvo ahorrando e incluso dejó de comer para comprarse un par de tenis. Al final consiguió unas en el Mercado Central de Cartago, pero parecían de estereofón y debió hacerles varios remiendos. No se podía dar el lujo de botarlas porque eran los únicos zapatos que tenía para entrenarse.

Ahora no piensa en carros lujosos y afirma que,gracias a Dios, tiene una bicicleta. “Cuando se me jode, ando a pie, no me preocupo. Lo importante es llegar al gimnasio, aunque sea de rodillas, pero tengo que estar ahí”.

Las carencias forman parte de su vida y se remontan al tiempo de la escuela. En aquella época viajaba con cincuenta colones, que apenas le alcanzaban para unas galletas. El fresco lo conseguía de alguna manera.

Quinto round: “¿Quiénes lo apoyan?”

Con doscientos mil colones que recibe como beca del CON, Jiménez le hace frente a la vida. Paga un alquiler de ochentaicinco mil colones por mes y calcula que, en la comida, gasta otros cien mil; sin embargo, no se queja y más bien agradece porque así puede dedicarle tiempo al deporte de sus amores.

Asimismo, cuenta con el respaldo de su esposa, Daniela Cubillo, quien trabaja como pastelera en un pequeño negocio familiar. “Yo soy una persona humilde; si hay arroz y frijoles, eso como. Cuando tengo una buena beca trato de alimentarme bien y buscar lo mejor para mí”, acota al tiempo que observo su figura delgada pero formada a puro gimnasio.

Sexto round: “Otros ingresos”

El talentoso boxeador se gana una extra en el gimnasio de Guadalupe de Cartago, donde entrena adultos, jóvenes y niños. Confiesa que siempre ha sido bien “pellizcado” para conseguir dinero y tener sus cosas, pues nunca le ha gustado pedirles a sus padres de lo poquito que tienen.

Menciona que ha trabajado en el mercado; en el cementerio, cavando fosas; cogiendo café, y hasta en construcciones.

MedallitaSéptimo round: “Grandes momentos”

Uno de los momentos más importantes de su carrera fue cuando lo escogieron para portar la bandera de Costa Rica en la inauguración de los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, gesto que le sacó lágrimas de emoción y considera un justo premio a sus largas horas de entrenamiento.

En la cita continental, Jiménez cayó en la primera ronda contra el cubano Yosvany Veitía, el rival más complicado de la llave y, a la postre, medallista de plata en esas justas.

Recuerda con particular cariño otros episodios. Por ejemplo, cuando le acuñaron el apodo de Medallita o su asistencia a unos Juegos Nacionales, aun sin haber clasificado, pues entonces se encontraba trabajando para ganarse un dinero y con él solventar los gastos de diciembre.

Octavo round: “Días de incertidumbre”

Si bien los Juegos Panamericanos representaron un momento inolvidable en su trayectoria, luego vinieron semanas de angustia durante las que no supo nada sobre la beca del CON.

Entonces, con apenas diecinueve años, le llegaron ofertas para pasar al boxeo profesional y hasta le ofrecieron la posibilidad de debutar en Nicaragua, pero Medallita pidió el consejo de su familia y prefirió tomarse su tiempo. La espera valió la pena porque ahora cuenta con un respaldo mensual del CON hasta el 2013.

Noveno round: “Noqueado en el amor”

David reconoce que en una época de su vida fue mujeriego y que se aprovechaba de su nombre y de sus cualidades deportivas para actuar como un donjuán, pero encontróuna buena mujer, su esposa Daniela, y todo cambió.

“Daniela me ayuda en todo. Me acompaña a mis peleas, al pesaje. Viene de una excelente familia que me quiere como uno más de sus hijos”, relata con satisfacción.

Preocupado por su apariencia física, reconoce que es vanidoso. Luce un corte de cabello impecable y le gusta verse bien, pero no es de los que gastan dinero en fiestas o con amigos; por el contrario, prefiere compartir en familia o ayudar a los suyos.

Décimo round: “Pobres pero honrados”

Las buenas costumbres imperan en el humilde hogar de Jiménez. Su padre siempre ha sido misceláneo en el Parque Industrial de Cartago y su madre trabaja como empleada en una casa. Llevan más de treinta años casados y tienen otros dos hijos: Ashley Paola y Andrey Francisco.

“Papá es muy trabajador y mamá, muy luchadora. Nos sacaron adelante y nos enseñaron que no debemos quitarle nada a nadie ni robar”, acota.

Con orgullo, el campeón centroamericano de los cuarentainueve kilogramos me cuenta que otra de sus tareas fuera del ring consiste en cuidar a su abuelo de ochentaisiete años: darle los alimentos, medicinas, bañarlo y tenerlo en pie de lucha.

Medallita

Undécimo round: “Cal y arena”

Bryan Tiquito Vásquez y Alejandro Timón Martínez nos muestran las diferentes caras del boxeo. Vásquez es campeón mundial interino en la categoría de 130 libras de la Asociación Mundial de Boxeo, y Martínez se encuentra en coma desde julio de 2009, tras una pelea en México.

David los conoce bastante bien porque los tres tienen un denominador común: han experimentado en carne propia la pobreza que convive con la mayoría de pugilistas costarricenses.

Según Medallita, Bryan es un gran campeón, un ejemplo a seguir y una fuente de gran motivación porque es un joven que enfrentó un pasado difícil y ha sabido superarlo. En cuanto a Timón, también originario de Cartago, asegura que le reza mucho a Dios para que esa dura realidad no le pase a nadie.

Duodécimo round: “Los sueños de David Alejandro Jiménez Rodríguez”

Mi tertulia con el campeón se acerca a su final. Chocamos guantes. Con apenas veinte años, a Medallita le quedan muchos galardones por recibir; tiene argumentos boxísticos, convicción y algo importante: se la cree.

Anhela tener casa propia y dejar de pagar esos ochentaicinco mil colones de alquiler que cada mes lo ponen contra las cuerdas. Se ve como padre, boxeador profesional y, al igual que Tiquito Vásquez, sueña con entrenar en el gimnasio del mejor boxeador del mundo: Floyd Mayweather Jr.

Como el boxeo no es eterno, a David le gustaría convertirse en preparador para transmitirles a los niños sus habilidades en el deporte de las narices chatas.

Aquí terminan nuestros doce asaltos. El campeón ratifica su dominio sobre el ring, tras sortear con elegancia las preguntas. No hay vencedor ni vencido: solo un gran abrazo y el deseo de que Medallita algún día tenga su faja de campeón mundial y, con ella, le llegue la cuenta de diez a una vida de sacrificios, limitaciones y pobreza que solo los grandes hombres pueden superar.

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