Brandon Rios Hay expresiones que llegan a lo más hondo del ser humano. Y hasta causan un dolor que supera las laceraciones provenientes de los golpes. Ocurre cuando alguien no se percata que sus palabras hieren el orgullo y la sensibilidad del que las reciben.

 Eso sucedió con el estadounidense Brandon Ríos cuando tras el apabullante revés por unanimidad ante el filipino Manny Pacquiao, el 23 de noviembre en Macao, China, un periodista le preguntó a Ríos si lamentaba haberse convertido en un “punching back” (saco de golpeo) del tagalo.

 “No soy un ´punching bag´ (saco de golpeo), protestó Brandon Ríos con gran disgusto ante la insinuación del reportero. “Todos vieron la pelea y sé que no gané, pero tampoco creo que fui un ´punching bag´, expresó categórico.

 Personalmente considero que Ríos fue víctima de una estrategia de los organizadores del combate, quienes buscaron un peleador que poseyera las cualidades idóneas para devolver a Pacquiao a la cúspide del boxeo mundial, después de dos alarmantes reveses.

 Convertido en ícono del pugilismo profesional y con ocho coronas en divisiones diferentes, “Pacman” Pacquiao cedió la posición de número-1 libra por libra del planeta, tras erróneo fallo adverso ante Timothy “La Tormenta del Desierto” Bradley y seis meses más tarde por nocaut en el sexto round ante el mexicano Juan Manuel “Dinamita” Márquez.

 A toda costa era preciso recuperar la imagen de Pacquiao, el segundo boxeador detrás de Floyd “Money” Mayweather en ser protagonista principal de carteleras multimillonarias que engrosan las arcas de promotoras, empresas televisivas y un sinfín de beneficiados, al margen de los peleadores.

 Ajeno a las maquinaciones secretas, Ríos sintió que le habían ofrecido un “pastel” con guindas de coronas mundial, y que junto a una cifra considerable de ganancias, le abriría las puertas de la consagración definitiva.

 Su optimismo (más bien ceguera) lo llevó a proclamar a los cuatro vientos que enviaría a Pacquiao al retiro, sin percatarse que entre su dominio del boxeo y el de su rival hay una distancia inconmensurable.

 “Bam Bam” Ríos tiene sus indiscutibles virtudes. Es un fajador nato, con una resistencia granítica que asimila con naturalidad (hasta con una sonrisa) lo más potentes puñetazos. Pero su lentitud y falta de técnica se ajustan perfectamente para el desenlace que tuvo ante Pacquiao y que pudo ser peor como vaticinaron muchos conocedores de la disciplina.

 Porque Ríos no boxea. Solo avanza como un tren y planta con firmeza su sólida anatomía frente a cualquier adversario, dando y recibiendo golpes a diestra y siniestra. Su estilo puede resultar positivo ante contendientes de sus mismas características como las que posee, por ejemplo, Mike Alvarado, con quien ha protagonizados dos sangrientos pleitos y victorias alternas.

 Pacquiao es harina de otro costal. Y sostengo el criterio que el filipino no ofreció su mejor versión desde el punto de vista de los desplazamientos. Lo observé con poca movilidad, aunque sus rápidas manos propiciaron la diferencia frente a un púgil estático e incapaz de evitar veloces combinaciones.

 Aunque le duela a Ríos, e incluso pueda parecer una cruel apreciación, lo cierto es que en términos puramente boxísticos, Pacquiao lo convirtió en un “punching back” en la Cotai Arena del hotel Venetian and Resort de Macao, China.

 Con total impunidad Pacquiao le pegó muchas veces combinaciones de cinco o más golpes, sin que Ríos siquiera despegara sus guantes del rostro para protegerse del castigo. ¿No es similar a lo que ocurre en el gimnasio con los pesados sacos rellenos de arena?

 Ríos hizo lo que pudo. Casi nada si valoramos en forma objetiva lo acontecido sobre el ring. Entonces surge la inevitable pregunta: ¿Fue un “punching back” de Pacquiao? Yo creo que sí. ¿Y Ud.?

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