La muerte es la más taquillera del mundo. Fray Nano

Fue un sábado 24 de octubre de 1959 en la Arena Coliseo de Occidente de Guadalajara, México, cuando el flamante campeón mundial gallo, el tapatío José 'Joe' Becerra, se presentó por primera ocasión en un ring como el portador del cinturón que el 8 de julio de ese mismo año le arrebató al francés de origen argelino Alphonse Halimi, a quien noqueó en ocho rounds.

Su rival fue el afroamericano Walter 'Walt' Igram, un modesto peleador residente de Steubenville, EEUU, que reunía los requisitos para que el nuevo ídolo del boxeo mexicano pudiera lucirse ante su gente.

La pelea se pactó a diez rounds en un peso superior y el recién agenciado título del mundo no se puso en juego.

Como información adicional para el lector: fue 1959 el año en el que José Becerra se destapó como el prototipo perfecto del pugilismo en México. Lo tenía todo, era un ejemplar digno de exportación: dominaba las tres distancias; poseía una rápida reacción a los embates del rival; notables movimientos de rotación de tronco; maestría en la ejecución de golpes; sobre todo al cuerpo; una pegada demoledora; y aunada a eso era joven, valiente y se había convertido en un imán de taquilla. Sin duda alguna Becerra vivía su mejor momento como boxeador.

La Arena Coliseo estaba a reventar, muchos aficionados ni siquiera alcanzaron asiento. Todos en el recinto querían atestiguar la presentación del campeón, deseaban ver al hombre que tres meses antes en Los Ángeles, EEUU, había destrozado al verdugo del insigne Raúl “Ratón” Macías.

La expectación era tal, que por unanimidad los fanáticos esperaban una exhibición igual de espectacular que el brindado frente a Halimi y conforme avanzó el combate, la presión que ejercían sobre José Becerra fue en aumento.

El público quería ver sangre, quería que acribillara al moreno. Llegó entonces el quinto episodio y Becerra se tiró a fondo, era momento de culminar la faena.

Pero Ingram, aguantó a pie firme cada uno de los embates del campeón, jamás había sido noqueado y se negaba a que esa fuera la primera ocasión. Por lo que a pesar de que estaba recibiendo una golpiza, siguió oponiendo resistencia.

Desde el round anterior, su manejador Francisco “Pancho” Rosales le había advertido que tenía que buscar el nocaut “para que la pelea no acabara por decisión y se dijera que había sido un fiasco”.

Cada vez la masacre se hacía más brutal. Al final de cada round, el norteamericano llegaba tambaleándose a su esquina y no alcanzaba a recuperarse en los minutos de descanso. Había que parar la pelea, pero contra todo sentido común, su manejador Mike Davis y el propio árbitro aguardaban sin justificación.

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En el noveno giro ocurrió lo esperado, Becerra lo envió a la lona. Sin embargo, Walter Ingram era un peleador con mucha vergüenza deportiva y habiendo transcurrido ocho segundos del conteo del réferi se encontraba de nuevo en pie de lucha.

Se reanudaron las acciones y esta vez el mexicano lo atrapó con una andanada de golpes hasta dejarlo deshecho. Su manejador tiró la toalla y finalmente el réferi detuvo la reyerta. El resultado oficial fue nocaut técnico a los 2:10 minutos del round nueve.

Ingram protestó la detención, pero finalmente se conformó y fue a felicitar al vencedor. Regresó a su esquina y se sentó en el banquillo, donde segundos más tarde se colapsó. La última palabra que alcanzó a decir fue: “Joe”, al ver que su verdugo se encaminaba a su encuentro.

Su mánager y asistentes trataron de reanimarlo, le pusieron hielo en la cabeza y pidieron la presencia de un médico, quien ordenó que lo recostaran en la lona y le aflojaran todo lo que oprimiera su cuerpo: zapatillas, guantes y calzoncillos. Luego de eso comenzaron a darle masaje a las piernas. Walter Ingram no presentaba reflejos en las pupilas y tenía la mandíbula trabada, había sufrido una conmoción cerebral.

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Pasaron alrededor de diez minutos y lo llevaron en brazos a la enfermería de la arena, donde lo siguieron asistiendo sin éxito. Lo subieron a la ambulancia para llevarle a un hospital.

“No tenía idea de que le estaba haciendo tanto daño. No trataba de hacerle tanto daño, él parecía muy fuerte. No tenía idea de que pudiera ocurrir esto”, confesó el campeón al ver el estado tan grave de su digno adversario.

Los paramédicos estuvieron cerca de una hora circulando por algunas calles de Guadalajara con 'Walt' Ingram dentro de la ambulancia, ya que dos hospitales se negaron a brindarle atención médica. Finalmente lo recibieron en el Hospital Mexicano-Norteamericano, donde de inmediato lo intervinieron quirúrgicamente.

La operación duró hora y media. Le hicieron dos aberturas en el cráneo para desalojar los coágulos de sangre, pues presentaba una hemorragia extradural provocada por una ruptura de los vasos sanguíneos en la membrana externa del cerebro.

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Lamentablemente no se dio la recuperación esperada, la vida de Walter Ingram se prolongó solo un día más de vida. A las 4:10 de la mañana del lunes 26 de octubre falleció a causa de un paro cardiaco, que precedió de un paro respiratorio ocurrido tres horas antes. Tenía tan solo 24 años de edad y escasos tres años como boxeador profesional. Le sobrevivieron una esposa y tres hijos.

“Es una cosa terrible. No culpo a 'Joe' Becerra, realmente no hay nadie a quien culpar,” dijo Mike Davis momentos después de que le informaron de la muerte de su pupilo. Y agregó: “Mi hijo entró en el ring en las mejores condiciones, fue un accidente desafortunado; 'Joe' es un campeón del mundo y él vino a pelear como uno”.

Alrededor de 300 aficionados se hicieron presentes a las afueras del Hospital Mexicano-Norteamericano, durante las horas en las que 'Walt' Ingram estuvo luchando por su vida. Esos mismos aficionados que desde sus asientos en la Coliseo gritaban eufóricos a Becerra: “¡Acábalo!, ¡Acábalo!”

Días después, el campeón reveló que “cuando el árbitro paró la pelea, el público pitó (rechiflas), querían más, estaban sedientos de sangre. Me di cuenta que 'Walt' andaba mal, tenía la mirada extraviada, sentí pavor”.

Ese incidente significaría el desplome de la carrera 'Joe' Becerra, quien no pudo superar el complejo de culpa y jamás volvió a ser el mismo boxeador.

Al recapitularse los hechos, comenzaron a destaparse los culpables. Unos le tiraban la bolita a otros y viceversa. Finalmente nadie quiso aceptar la responsabilidad y la muerte de Walter Ingram fue catalogada como “una desgracia más en el boxeo”.

El soberano de los pesos gallo tenía un compromiso previamente pactado para combatir el 19 de noviembre en Los Ángeles, ante el filipino Danny Kid. Pero su promotor George Parnassus comprendió su situación anímica y programó en su lugar al capitalino José “Huitlacoche” Medel, quien fue superado por Kid por decisión dividida en doce rounds.

“No sé qué hacer,” dijo la Becerra abatido, “quiero descansar por algún tiempo e ir a algún lugar donde pueda meditar solo, lejos de todo el mundo”.

“Becerra seguirá peleando,” manifestó su mánager Pancho Rosales. Y así fue como ocurrió, el 12 de diciembre de ese mismo año, en la Plaza de Toros de Nogales, México, ante más de seis mil aficionados, José Becerra reapareció derrotando por decisión unánime en diez asaltos al texano Frankie Durán.

George Parnassus, que estuvo presente en la pelea, declaró que el boxeador mexicano podía seguir peleando perfectamente.

La realidad es que Becerra encendió los focos de alerta en ese combate. No supo lidiar con la velocidad de un inferior Durán y en el séptimo round, tras mandarlo a la lona con un derechazo a la mandíbula, careció de determinación para ir en busca del remate.

El 30 de agosto de 1930, ocho meses después de su pleito frente a Durán, sufrió una inesperada derrota a manos de su compatriota Eloy Sánchez y finalmente anunció su retiro del boxeo, dejando vacante la corona mundial gallo.

Semanas antes de anunciado su retiro, Parnassus le hizo llegar una oferta para que expusiera la faja del mundo con el brasileño Eder Jofre, manejando dos fechas tentativas, el 17 de noviembre de ese mismo y el 12 de enero de 1931. La garantía ofrecida fue de $ 75 mil dólares, la mejor bolsa de su carrera, Becerra la rechazó.

Dos años después se calzó los guantes por última vez, pero lo hizo en una función de boxeo a beneficio de una noble causa, en la que también participó su ex compañero de cuadra Raúl Macías, quien también salió del retiro por única ocasión.

El 19 de octubre de 2013 en Cabo San Lucas, México, cincuentaicuatro años después del Becerra-Ingram, “una desgracia más en el boxeo” acabó con la vida del cachanilla Francisco “Franky” Leal. Muchas voces en el universo del boxeo siguen clamando por que se castigue a los culpables.

Pero la mayor parte de esa culpa proviene del propio aficionado, que una vez que paga su boleto para entrar a una arena, demanda guerras sobre el cuadrilátero y obliga al boxeador a exponer su vida en una forma extrema. Y por el contrario, al que está en contra de las carnicerías y prefiere desplegar un boxeo más científico, a ése le abuchea, le condena y le tacha de cobarde. Por ése no desembolsa un solo centavo.

Los promotores lo huelen y exigen al peleador que arriesgue más en los combates por el bien del espectáculo. El trabajo de todos, llámese boxeadores, manejadores, apoderados, representantes, publicistas, anunciadores, concertadores de peleas, promotores, réferis, jueces, supervisores, comisionados, médicos de ring, organismos mundiales, televisoras y advenedizos, depende del aficionado, quien es el consumidor final de los productos que los programas de boxeo ofrecen y en realidad es quien manda, porque como cliente siempre tiene la razón.

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