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El deporte y las supersticiones han sostenido un romance ya tan antiguo que resulta difícil precisar sus orígenes. Las manías, ensalmos, alabanzas y juramentos a cuanta fuerza sobrenatural pueda existir le han servido a los atletas para elevar su confianza y, de preguntársele a muchos de ellos, conseguir esa ayuda extra que bien se agradece en los momentos cruciales.

Para ilustrar este fenómeno podrían escribirse varios volúmenes con las prácticas precontienda más creativas, insólitas y hasta risibles, únicamente limitándonos al ámbito del boxeo. Entre los casos recientes más conocidos, sobresale el del excampeón wélter por la Organización Mundial (OMB), el estadounidense Timothy Bradley Jr., quien prefiere no ducharse la semana antes de sus peleas; o el del ídolo mexicano Juan Manuel Márquez, ex monarca del planeta en cuatro divisiones, quien bebe su propio orine durante el período de preparación previo a sus combates.

No es de extrañarse que algunos boxeadores determinen no regresar al cuadrilátero donde sufrieron su última derrota o el fracaso más costoso de sus carreras, por el aquello de que si la buena suerte no estuvo de su lado aquella vez, ¿por qué lo iba a estar la próxima?

Pues ése será el caso de un considerable número de púgiles, no el del filipino-americano Brian Viloria. Hawaiian Punch Viloria estuvo de vuelta el sábado en la Arena Cotai del Casino Resort Venetian de Macao, el mismo recinto en el que sufrió el que puede catalogarse como el traspié más doloroso de su trayecto en el boxeo rentado, y lo hizo de la mejor manera posible, con una victoria por la vía del cloroformo.

El 6 de abril de 2013, Viloria había escalado al ring de la Arena Cotai como la figura estelar de la primera velada que organizaba Top Rank en el recinto macaense, “Puños de oro”. Pero la condición de favorito y el mayoritario apoyo de la afición le sirvieron de muy poco ante el mexicano Juan Francisco Estrada, quien le arrebató sus cetros mosca avalados por la Asociación Mundial (AMB) y la OMB.

Antes del sorpresivo revés por decisión dividida (debió ser unánime) a manos del Gallo Estrada, Viloria había marcado un hito en la tercera división más pequeña del boxeo profesional. El 17 de noviembre de 2012, en el Home Depot Center de Carson, California, el filipino-americano fulminó en el décimo asalto al azteca Hernán “Tyson” Márquez y sumó a su fajín de la OMB el de la AMB que ostentaba su rival, para proclamarse como el primer campeón unificado de las 112 libras desde 1965.

Transcurrido más de un año y tres meses desde que cedió sus títulos ante Estrada, Viloria retornó al mismo cuadrilátero de Las Vegas de Asia para salir como uno de los “Campeones de oro” que mejor impresión causó a quienes presenciaron el cartel sabatino.

Si bien es cierto que el mexicano José “Diablito” Zúñiga, su contrincante de turno, no podía considerarse como el barómetro ideal para determinar cuánto le queda al filipino-americano de fortaleza física y mental a sus 33 años, lo innegable es que la demostración no pudo ser más convincente.

Después de dos asaltos iniciales de algunos intercambios en los que el asiático impuso su mejor golpeo, en el tercero, Zúñiga sintió en varias ocasiones la pegada de izquierda del Hawaiian Punch.

En el cuarto round, Viloria continuó haciendo mella en la anatomía del púgil de 25 años oriundo de Matamoros con efectivas combinaciones que dejaron la escena lista para el decisivo quinto capítulo.

Ante el constante ataque al rostro, el Diablito comenzó a subir la guardia para evitar el castigo, fue este el momento que aprovechó su rival para sorprenderlo con un devastador gancho de izquierda al hígado que mandó al azteca a la lona y lo obligó a claudicar al minuto y 42 segundos de la quinta fracción.

Zúñiga (11-6-1, 5 KOs) llegaba a Macao con un balance poco impresionante de éxitos y reveses, pero con el aval de haber caído en Lima en septiembre de 2013, por una polémica decisión mayoritaria a manos del peruano Alberto Rossel, campeón mundial interino mosca-ligero de la AMB.

Sin embargo, el espíritu de guerrero del mexicano no resistió la potencia del gancho de zurda de un Viloria que se mostró en mejor forma que en marzo, cuando se impuso sin mucho brillo al boricua Juan Herrera, un rival sin palmarés que le planteó más resistencia de la esperada.

El gran problema en el futuro inmediato del nacido en Waipahu, Hawái, será conseguir que alguno de los actuales reyes de la candente división mosca acepte su reto (o en el caso de Estrada, le dé la revancha). Los tres monarcas vigentes de la categoría, el mexicano Estrada (AMB y OMB), el japonés Akira Yaegashi (Consejo Mundial) y el tailandés Amnat Ruenroeng (Federación Internacional), ya tienen compromisos pactados para antes de que finalice el año y en ninguno de los casos el contrincante es de los que permite hacer planes posteriores al pleito.

Esperar pacientemente a que uno de los titulares reinantes se desocupe sería fatal. La inactividad prolongada es uno de los enemigos silenciosos de los boxeadores y entrado ya en la recta final de su carrera, el Hawaiian Punch Viloria no puede darse el lujo de dejar correr el tiempo sin sumar minutos en peleas oficiales.

Con tan poca suerte para arreglar su cita de reencuentro con la gloria, la fórmula más optimista y factible para Brian Viloria en los próximos meses será sumar uno o dos triunfos convincentes, evitar las lesiones y mantener cierta flexibilidad en su agenda para cuando el teléfono suene responder con un “sí” rotundo.