wilfredo gomezWilfredo Gómez tenía 18 años cuando tuve la suerte de verlo debutar en el Primer Campeonato Mundial amateur de boxeo, efectuado en La Habana en 1974. Era una de esas tardes en que la canícula hacía transpirar más allá de lo inusitado. Y confieso que asistí por casualidad a aquella jornada, aunque lógicamente motivado por observar a alguna de las grandes figuras del pugilismo cubano de la época: Jorge Hernández (48 kilos), Emilio Correa (67), Rolando Garbey (71) y los fallecidos Douglas Rodríguez (51) y Teófilo Stevenson (más 81), todos campeones al concluir la lid.

Pero allí en la Ciudad Deportiva, quedé magnetizado por la rapidez de manos, potencia en los puños y la técnica del bisoño boricua. Su rival, el peruano Miguel Viti, no resistió el virtuosismo de aquel portento y cayó fulminado en el segundo asalto del del pleito, correspondiente a la ronda preliminar de los 54 kilos.

Desconocía entonces que dos años atrás, Gómez con solo 15 años había participado en los Juegos Olímpicos de Munich-72, donde fue eliminado en su única presentación por el egipcio Mohamed Selim.

Tampoco estaba al tanto que el fenomenal prospecto de la Isla del Encanto llegó a Cuba cargando en su morral el título de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, que había conquistado seis meses atrás en Santo Domingo, la capital dominicana.

Pero aunque mi presencia resultó fortuita aquel día, salí con la firme convicción de regresar en los siguientes combates de Gómez. Aquella estrella en ciernes poseía atributos para que la viera nuevamente.

Por supuesto, su primera victoria pasó casi inadvertida. La prensa cubana, escrita, radial, televisiva, se deshacía en elogios para los renombrados cubanos y también para otros procedentes del Viejo Continente como el monarca olímpico Gyorgy Gedo, el potente pegador yugoslavo Mate Parlov, los rusos Vassily Solomin y Rufat Riskiet, el francés Aldo Consentino y el ugandés Ayud Kalule, entre otros.

Para no desentonar, también recibían algún “toque” discreto los estadounidenses Howard Davis, Leon Spinks y Marvin Stinson, por lo que significaría un posible duelo con los representantes locales.

Con avidez esperé la segunda presentación de Wilfredo Gómez, a quien todavía por esa época no llamaban “Bazooka”, un pseudónimo que recibió en años posteriores y que refleja con exactitud el incomparable poder de fuego de sus puños.

El polaco Krzysztof Madej cayó fulminado en el segundo round en cuartos de final, y después en semifinales Gómez pulverizó en pocos minutos al francés Aldo Consentino, quien llegó a la capital cubana precedido de gran prestigio por sus resultados en el campo amateur.

Con esos antecedentes, Gómez avanzó a la ronda final en la que discutiría la presea dorada frente al incansable fajador Jorge Luis Romero. Todos los cubanos pensaban que el visitante no resistiría a la gran experiencia de “Romerito”.

Debo añadir que me las había ingeniado para conseguir entradas para los pleitos anteriores de Gómez, pero aunque hice múltiples gestiones, fue imposible adquirir el boleto para la noche del cierre el 30 de agosto de 1974, cuando se decidían las 11 divisiones de aquel entonces.

No sin cierta frustración, pero apoyándome en la magia de la televisión, observé el cartel completo, aunque no puedo negar que sentía un especial interés por el combate entre Gómez y Romero.

Fue el segundo de la noche y terminó en forma espectacular. La mortal descarga que emanaba de los puños de aquel boricua fue opacando poco a poco los gritos a favor del cubano, hasta silenciar totalmente a los casi 15 mil fanáticos que respaldaban a su púgil.

Fiel a su espíritu combativo, Romero fue a la carga desde el gong inicial para acabar con el desconocido imberbe, que intentaba arrebatarle la corona ante su público.

Bien plantado, con elegancia y sin inmutarse, el jovencito aceptó la guerra. Un potente gancho de izquierda seguido de una derecha recta obligó al árbitro a darle la primera cuenta a Romero.

Casi de inmediato Romero necesitó otra protección del tercer hombre del ring. La campana dio un respiro, que los cubanos esperaban (esperábamos) ese minuto de recuperación se convirtiera en elíxir mágico que devolviera el orden al cuadrilátero.

Pero Gómez había viajado desde su natal Borínquen con la intención de entrar en la historia. Y nuevamente en el segundo episodio Gómez pulverizó al cubano con ganchos de izquierda y rectos de derecha que hicieron caer al local en tres ocasiones. Con el fin de las acciones se abría el primer gran capítulo de Wilfredo Gómez en el boxeo: ¡campeón mundial!

Ninguno de sus cuatro adversarios pudo llegar al término de los tres asaltos, pero increíblemente la distinción de Más Técnico del certamen se lo otorgaron al soviético Vasili Solomin, ganador de la presea dorada en los 60 kilos, y sin la excelsa actuación del boricua.

Lamentable e injusta decisión, que albergaba un trasfondo político, más que deportivo. Nadie brilló más que Wilfredo Gómez en el Mundial disputado en La Habana.

Después Gómez, quien nació el 29 de octubre de 1956 en Las Monjas, ganó en tres ocasiones la corona mundial en el campo profesional. Es considerado junto a Félix “Tito” Trinidad, Miguel “Junito” Cotto y Wilfredo Benítez, como los mejores púgiles en la historia de Puerto Rico.

Posterior a triunfar en la capital cubana, Wilfredo Gómez se alzó con los cinturones universales de los supergallos (122 libras), pluma (126) y superpluma (130). Llegó a establecer una racha de 32 triunfos por nocaut de manera consecutiva, el único campeón mundial que ha logrado una cadena similar en la historia.

El mexicano Salvador Sánchez le infligió su primera derrota por nocaut en el octavo asalto en la disputa del cinturón pluma del Consejo Mundial (CMB), el 21 de agosto de 1981, en Las Vegas. La revancha no se efectuó porque Sánchez falleció en un trágico accidente automovilístico 12 meses después.

Cuando Gómez se retiró en 1989 dejó un récord de 44 victorias, 42 por nocaut, con tres reveses y un empate. Derrotó a grandes figuras como Carlos Zárate, Rocky Lockridge, Leo Cruz, Juan Mesa y Lupe Pintor, entre otros. Solo tres lograron derrotarlo: además de Sánchez, el ganés Azumah Nelson (1984) y el panameño Alfredo Layne (1986). Fue exaltado al Salón de la Fama del boxeo en 1995.

Wilfredo Gómez deslumbró en La Habana en 1974. Y ese recuerdo de su hazaña cuando tenía sólo 18 años, jamás se borrará de mi mente. Para mí fue el mejor púgil de aquella pléyade.

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