009498-billy-dib 1e679El boxeo, como pocos deportes, ofrece al supuesto contendiente desvalido, al clásico perdedor tácito, la oportunidad de alzarse con el inesperado triunfo. La lógica casi siempre termina imponiéndose cuando la diferencia cualitativa entre dos púgiles es abismal. Pero dentro de un cuadrilátero, muchas veces más de las que ocurre en una cancha de fútbol, baloncesto, béisbol, tenis, o en una prueba de natación, atletismo, ciclismo o gimnasia, puede suceder lo impensado.

Ejemplos, incontables. Por solo mencionar a unos pocos de los que supuestamente escalaron al ring listos para ser masacrados y terminaron la noche como sorpresivos verdugos del favorito y campeón defensor, pensemos en el joven altanero Cassius Clay asombrando a medio universo con su nocaut en seis asaltos ante el invencible Sonny Liston; en James “Buster” Douglas desatando un movimiento telúrico con epicentro en Tokio, cuando dejó a Mike Tyson tendido sobre el encerado en el octavo round, mientras las tarjetas de los apostadores exhibían un 42-1 en favor del monarca pesado; o en George Foreman, con 45 años, deteniendo en el décimo capítulo a un Michael Moorer de solo 26 abriles.

Recordemos también, ya en el nuevo siglo, a Hasim Rahman pulverizando a Lennox Lewis en el quinto asalto de una pelea que se planteaba de puro trámite para el británico (20-1 en las apuestas); a Corrie Sanders poniendo en la lona cuatro veces en menos de 6 minutos a la antigua versión de Wladimir Klitschko, en un supuesto combate de calentamiento para el ucraniano; a Antonio Tarver destrozando en dos episodios (sin excusas esa segunda vez) al mejor boxeador de la década de los 90, Roy Jones Jr.; o a Amir Kahn, quien jamás vio venir el golpe de Breidis Prescott que lo puso fuera de acción a solo 54 segundos de que comenzaran las hostilidades.

Ningún favorito está exento de experimentar el humillante desenlace de los arriba mencionados: la suerte puede estar ahí, para sonreírle al púgil que se dirigía a la anticipada debacle, traducida en el golpe de su vida, ese que lleva consigo la irrepetible combinación de fuerza y mucha fortuna. Sin embargo, no es esa la tónica que prima en el deporte de los puños. No en balde, aquellos nocauts, ayer, hoy y siempre, serán motivo de conversación (en un intento por explicar lo inexplicable).

Por consiguiente, aunque los dos peleadores calcen un par de guantes de iguales dimensiones, marquen en la báscula un peso similar y lleguen con la moral por las nubes, motivados espiritual y financieramente, si los niveles de ambos son muy dispares, esa presumible fuerza sobrenatural que cambia el curso de las contiendas tendrá que mediar en favor del desvalido (sí o sí) para que este salga airoso.

Mucha, muchísima suerte va a necesitar el australiano Billy “Kid” Dib (39-3, 23 KOs) en su intento por asaltar el ring del Ota-City Gymnasium de Tokio, para destronar al monarca superpluma del Consejo Mundial (CMB), Takashi Miura (28-2-2, 21 KOs). El venidero 1 de mayo, Dib saldrá a la conquista de la Tierra del Sol Naciente con la esperanza de hacer historia: convertirse en el primer púgil de su país que se adjudica una corona de las 130 libras avalada por el CMB, una hazaña que sus compatriotas más encumbrados en el Arte de Fistiana, Lionel Rose y Jeff Fenech, no pudieron concretar.

A su favor podría argumentarse que su hoja de servicio es decente, aunque frente a una oposición de poca envergadura. Desde que en 2004 saltara al profesionalismo, el australiano ha encajado tres descalabros en 40 salidas al ruedo (un combate sin decisión –NC), todos en peleas de campeonato.

En 2008, el estadounidense Steve Luevano se le interpuso, por decisión unánime, en el camino al cetro pluma (126 libras) de la Organización Mundial (OMB). Y dos veces en 2013 sucumbió a expensas del ruso Evgeny Gradovich: la primera (por fallo dividido que debió ser unánime), cuando Billy defendía por tercera vez el fajín de las 130 libras avalado por la Federación Internacional (FIB); la segunda (siete meses después) intentando recuperarlo, víctima de una demolición en nueve rondas, de esas que dejan huellas irreparables en la confianza de un púgil.

El título superpluma del CMB, que ya ha pasado por las vitrinas de leyendas en activo como Floyd Mayweather Jr. y Manny Pacquiao, pertenece desde hace dos años a uno de los mejores exponentes de la actual generación de boxeadores nipones. Takashi Miura tampoco está imbatido: ha conocido la derrota en par de ocasiones en unos 12 años de carrera como rentado. El primer revés le llegó en un cerrado duelo por el campeonato nacional de las 130 libras, en 2007, en el que cayó por fallo unánime frente a Yusuke Kobori.

Un cuatrienio después, en una trepidante reyerta por el trono del planeta del mismo peso, pero por la Asociación Mundial (AMB), Miura dejó escapar el triunfo frente al aún invicto y vigente mandamás de esa organización, Takashi Uchiyama. En el tercer asalto, el campeón defensor Uchiyama recibió un potente recto de izquierda que lo puso de espaldas en la lona, pero Miura fue incapaz de darle el tiro de gracia y, ya en el octavo, con una inflamación sobre el ojo derecho que le impedía la visión, el doctor obligó a la esquina del retador a claudicar.

Desde entonces, el japonés ha eslabonado una cadena de 8 victorias al hilo, cinco de ellas por la vía del cloroformo (3 por decisión unánime). En 2013, el mexicano Gamaliel Díaz le cedió el título superpluma en nueve rounds, tras pasar por la lona en cuatro oportunidades. Y tres retadores, los también aztecas Sergio Thompson, Dante Jardón (TKO en 9) y Edgar Puerta (TKO en 6), corrieron igual destino a manos del explosivo Miura (solo Thompson llegó al round 12, aunque fue derribado en el segundo y el sexto).

La cuarta defensa del cinturón (CMB) que efectuará el oriundo de Yamamoto, ante Billy Dib, será para el australiano un recuerdo de lo que le ocurrió en noviembre de 2013, en la región china de Macao, en aquella funesta pelea revancha contra Gradovich. Para afrontar con éxito su reto en la capital japonesa, el de Sídney necesitará una desmesurada dosis de buena suerte que le dé una mano frente a un rival que lo aventaja boxísticamente hablando, además de superarlo con claridad en cuestiones innatas del atleta, como la velocidad y la potencia en el golpeo.

Su apoderado, el mítico Jeff Fenech, fue un factor decisivo en la decisión del CMB de otorgarle esta oportunidad a Dib, pero si realmente quiere ayudar a su coterráneo a salir victorioso, tendrá que hacer más que arreglarle la cita.

Tal vez, una opción sea emular la rutina diaria -hasta la dieta- que siguió Buster Douglas antes de aterrizar en Tokio y protagonizar aquella memorable proeza del 11 de febrero de 1990. Cualquier recurso que Fenech y Dib empleen para revivir los fantasmas que acabaron con el mito de la invencibilidad de Iron Mike Tyson será válido, porque, con lo mostrado hasta la fecha entre las 16 cuerdas, al de Nueva Gales del Sur no le alcanzará para rubricar la sorpresa.

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