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Si yo fuera el estadounidense Brian “The Hawaiian Punch” Viloria (36-4, 22 KOs) me miraría en el espejo todas las mañanas que restan antes del próximo sábado y, medio en broma medio en serio, le diría a ese que ahí veo esbozando una sonrisa matinal: “Luces hoy más toro que nunca, listo para embestir y derribar de una cornada al más macho de los matadores. Estás –por dejártelo claro en una frase– como el buen vino, como Roger Federer o Michael Phelps; transitando por tu cuarta década de vida sin pensar en bajarte de la cúspide en tu profesión, preparado para asaltar la gloria una vez más, para coronarte campeón mundial en el boxeo rentado por cuarta ocasión en tu trayectoria dentro de los ensogados.”

¿Habías estado tan fresco en los entrenamientos antes en tu carrera, Brian? No, ¡ni hablar!, si el problema de la resistencia siempre fue tu talón de Aquiles. A eso, y no a otra cosa, le debes la pérdida de tus dos títulos del planeta en la división mosca (112 libras), legitimados por la Asociación y la Organización Mundiales (AMB y OMB). A esa energía que te abandonó en la segunda mitad del pleito contra el mexicano Juan Francisco “El Gallo” Estrada, un día aciago de abril de 2013, en la región china de Macao.

Ese incansable azteca –¡bendita su juventud e ímpetu!– que, como poseído por un demonio, no daba paso atrás, y se mantuvo acosándote hasta el gong de la duodécima fracción. Fue un combate cerrado, Viloria, e incluso asentiste sin mucha convicción cuando, finalizada la contienda, los de tu esquina te comentaron, llenos de optimismo, que seguías siendo el monarca del peso; pero ya antes de que anunciaran el veredicto de los jueces tenías la certeza (como después comprobarías al examinar el vídeo de la reyerta), el triunfo se te escurrió en la recta final.

Lo de no poder sostener el ritmo de pelea con alta intensidad hasta el minuto 36, de ser necesario, es un problema enterrado, te lo ha reiterado últimamente tu amigo y tutor, Rubén Gómez, poniendo esa cara que a él tanto le acomoda, como quien se dispone a enunciar una verdad revelada, haciendo hasta lo imposible para que lo interiorices y te lo creas.

A él se ha sumado, en esta cruzada motivacional, otro que te ha acompañado en tu esquina en los últimos compromisos, el entrenador filipino Marvin Somodio, lugarteniente de Freddie Roach. Y hasta el propio Roach cuando, de vez en vez, te ha visto llegar sudoroso de tus carreras matutinas por las avenidas de Los Ángeles, no ha escatimado en elogios hacia tu actual estado de forma. Todos concuerdan en que tu tolerancia al cansancio, tu aguante de cara a una posible reyerta trepidante de inicio a fin, ha dejado de ser una preocupación para convertirse en una de tus virtudes.

De la pegada… huelgan las observaciones, para qué ponderarlo si ya tú lo tienes claro como el agua y has visto el efecto devastador de tus ganchos, con ambas manos, cuando aterrizan a plenitud en la anatomía de tus compañeros de sparring. ¿O no te acuerdas cómo se estremeció el filipino Donnie “Ahas” Nietes, la semana pasada, en una de las sesiones de guanteo que tuvieron en el Wild Card Boxing Club del angelino barrio de Hollywood? Se te escapó aquel golpe, cierto, pero igual sirvió para confirmar que la dinamita sigue ahí, como amenaza latente que se cierne sobre tu rival de turno.

Las cámaras de la famosa cadena de televisión Home Box Office (HBO) presentes, el tinglado montado en un emblemático Madison Square Garden que ha sido testigo de tantas batallas campales sobre el ring: ¿se puede pedir más a estas alturas del juego, Brian? Mayor motivación, ¡imposible!

Que el nicaragüense Román “Chocolatito” González (43-0, 37 KOs) se fijara en ti… Ese privilegio no acaba de convencerte que responda del todo a una celebración de tu talento y palmarés, más bien te parece motivado por la absoluta confianza que tienen el de Managua y su séquito en que ya te queda poco, que después de esta cabalgata neoyorquina estarás acabado.

Se equivocan, y le harás pagar por su excesivo optimismo.

Desconocen o no quieren reconocer que conservas la fuerza bruta con que naciste hace 35 años en la localidad hawaiana de Waipahu, ese efecto adormecedor en tus puños que no se explica ni se predice en la cuna –que ¿será congénito? –, pero del que bien pueden dar cuentas Giovani Segura (TKO en el 8vo round), Omar Niño Romero (TKO en el 9no) y Hernán “Tyson” Márquez (TKO en el 10mo), un trío de guerreros oriundos de México que destrozaste sin contemplaciones.

Por supuesto, y estás consciente del asunto, ni Segura ni Romero ni Márquez se equiparan, en sus días de mayor esplendor, con el contrario que te espera en la esquina opuesta este17 de octubre. Román González partirá como amplísimo favorito, no solo para derrotarte, sino también para hacerte besar la lona en más de una ocasión, para infligirte el castigo más incisivo que hayas recibido dentro de las dieciséis cuerdas.

Te aventaja por mucho (como de Hawái a Nicaragua, tomando el camino más largo, con rumbo a Asia) en el por ciento de éxitos por nocaut, 86% vs. 52%, y es por ello que a pesar de haber celebrado una refriega más que tú, 43 vs. 42, González tiene en su currículum casi la mitad de asaltos efectuados, 184 vs. 311. Pero las estadísticas se inventaron para socorrer a aquellos que necesitan aterrizar sus argumentos con algo tangible; a ti no te amedrentan los numeritos ni las leyendas que corren en el gremio boxístico sobre el demoledor efecto de los guantes de Chocolatito.

El ídolo del Barrio La Esperanza es tan mortal como tú, Viloria, y hasta 3 centímetros de estatura más pequeño. Con 28 años se ha convertido en el hombre más temido de las 112 libras y sus inmediaciones, y ostenta el fajín universal avalado por el Consejo Mundial (CMB) en esa categoría. Pero ese hálito de invencibilidad que lo ha acompañado es sólo un mito y, aunque, quién se acuerda de aquello, en 2006, Román fue derribado por su compatriota Roberto Meza (3-13, 1 KO), un púgil que, con todo respeto, es uno más del montón que, con trabajo, noquea a un maniquí.

Además, a tu favor está el factor presión. Qué pierdes con perder, Brian, si eso es precisamente lo que todos esperan que ocurra. En cambio, un éxito te catapultaría hasta planos estelarísimos, mucho más alto de donde una vez estuviste. Por su parte, Chocolatito González deberá afrontar una carga de tensión extra, el escrutinio con lupa de cientos de miles de aficionados y entendidos que se debaten entre él y el ucraniano Wladimir Klitschko para ocupar el trono que dejó vacante el estadounidense Floyd Mayweather Jr., el sitial de honor en el escalafón del boxeo profesional, libra por libra, en todo el globo terráqueo.

El pinolero tiene que, como se dice en el argot futbolístico, ganar, gustar y golear; tú, con ganar ya tienes de sobra, y hasta con perder ofreciendo una resistencia decente.

Pero lo de “digno derrotado” nunca te ha complacido, así que en la bronca sabatina vas en busca de todo o nada; tocar el cielo con las manos, entre vítores y aplausos, o despeñarte en un abismo sin fondo, que es la metáfora perfecta como antesala del retiro. Es una misión hercúlea, Brian, pero de mortal contra mortal.

Si en el acto que sigue a tu presentación, el canadiense David Lemieux pretende -o no- dejar boquiabierto a medio mundo, en otro reto frente a un Goliat, éste kazajo, que se hace llamar Gennady Golovkin, ese no es tu problema. Tú sí estás convencido, Viloria, de que la historia bíblica puede repetirse y el bestial gigante (encarnado por Román) morder el polvo.

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