Wladimir Klitschko Olimpic f2ee7

Dos décadas después de alcanzar la gloria olímpica en Atlanta 1996, Wladimir “Dr. Martillo de Acero” Klitschko es hoy una figura establecida en el escenario boxístico profesional y, aunque muchos afirman que 2015 fue el preludio del ocaso de su carrera deportiva, el gigante ucraniano está convencido de que este calendario reconquistará su hegemonía en la división de las más de 200 libras. Aquellos juegos del centenario, en la suroriental ciudad estadounidense, pusieron el apellido Klitschko en el mapa del pugilismo mundial.

Fue un triunfo histórico para Ucrania, primero en los cuadriláteros bajo los cinco aros en su debut como nación (en Barcelona 1992 compitió como Equipo Unificado) y a exactamente 20 días de cumplirse el quinto aniversario de su declaración de independencia de la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El metal dorado en el cuello de Klitschko serviría de inspiración a dos de sus compatriotas –en aquel entonces niños–, Vasyl Lomachenko (oro en Beijing 2008 y Londres 2012) y Oleksandr Usyk (en Londres), antes de imitarlo escalando a lo más alto del podio en una cita cuatrienal y convertirse, junto a él, en los únicos tres púgiles de esta nación de Europa del Este con tal mérito.

Su rival de aquella final disputada el 4 de agosto, en el ring del otrora Alexander Memorial Coliseum (hoy rebautizado como Hank McCamish Pavilion), también inscribió su nombre en la historia del olimpismo al conseguir la primera medalla, única hasta la fecha, de su país. Paea Wolfgramm cayó por puntos (7-3, en una reyerta, siendo honesto, bastante aburrida) frente al espigado ucraniano, pero sin importar el resultado de aquel combate, en el diminuto Reino de Tonga ya era considerado una suerte de héroe nacional.

Convertidos en boxeadores de paga, El Guerrero Wolfgramm (se retiró con balance de 20-4, 14 KOs) y Klitschko se volverían a ver las caras, en abril de 2000, en el Alsterdorfer Sporthalle de Hamburgo. En la secuela de Atlanta, el Dr. Martillo de Acero fue demasiado para el de Oceanía y lo pulverizó antes de sonar la campana del final del primer asalto, sin siquiera dar tiempo a los presentes para acomodarse en sus asientos. Paea colgaría los guantes dieciséis meses después, tras sucumbir por la vía del cloroformo (TKO-9) frente al estadounidense Corey Sanders (no confundir con el fallecido sudafricano Corrie Sanders, verdugo de Wladimir y víctima de Vitali Klitschko).

Al monarca de los Juegos del Centenario le quedaba mucho –muchísimo– trecho por recorrer, tres lustros en los que archivó algunos sinsabores, continuos cuestionamientos de su innegable talento por parte de un sector de la afición y los medios de comunicación y, sobre todo, numerosas victorias y nocauts en combates por títulos mundiales y el segundo mayor número de defensas de estos cetros en la historia del boxeo rentado, 23, a solo dos de la marca del legendario Joe Louis (Larry Holmes, con 20, y Mohamed Ali, 19, los escoltan en el escalafón).

Las memorias de aquel verano de hace 20 años deben llenar a Klitschko de nostalgia cada vez que está a punto de encenderse el pebetero olímpico. Es por ello que no es difícil creerle al rotativo británico The Guardian cuando aseguró en sus páginas, hace un par de semanas, que el veterano de 39 años no descarta su presencia en Río 2016 y lo citaba: “Siempre he dicho que me encantaría participar nuevamente en unos Juegos Olímpicos, pero en este preciso momento toda mi atención se concentra en la revancha con Tyson Fury”.

Wladimir destrozando uno tras otro a sus inexpertos contrarios en la primera cita estival en suelo sudamericano, convirtiéndose en bicampeón olímpico, sería un guion que quizás apasionaría a Silvester Stallone y lo adaptaría al cine en una más de sus taquilleras películas hollywoodenses sobre el mítico Rocky Balboa. Muchos de sus seguidores respaldarían tal empresa y estarían más pendientes que nunca de las incidencias del torneo que tendrá lugar en el pabellón de Riocentro y en el que, por primera vez desde Moscú 1980, los contendientes se enzarzarán a trompadas sin el protector de cabeza (los hombres lo portaron desde Los Ángeles 1984 hasta Londres 2012; las mujeres, en su segunda aparición, lo continuarán usando).

Pero su hipotética victoria en la urbe brasileña seguramente desataría una oleada de críticas aún más incendiarias que las que lo han acompañado a lo largo de su trayecto como púgil asalariado. Entre los primeros en señalarlo con desdén estaría el ex mandamás de los pesados en la segunda mitad de los años 90 e inicios de este siglo, el británico Lennox Lewis (campeón olímpico en Seúl 1988, compitiendo por Canadá), quien sin pensárselo dos veces ha afirmado en días recientes que la inclusión de “los profesionales en los Juegos Olímpicos es contra natura”.

No está mal que Wladimir (64-4, 68 KOs) siga soñando con el anuncio de su nombre en la premiación del medallista áureo de Río 2016 o que rememore las emociones que le causó contemplar su bandera ondeando mientras se escuchaban las notas del himno nacional de Ucrania. Pero su legado está en una cuerda floja y parece muy sensato que haya dicho en alta voz, aunque sea para autoconvencerse, que su mirada está fija –más bien tatuada– en los cinturones que le arrebatara Fury (25-0, 18 KOs), quien soplaba las velitas de su octavo cumpleaños cuando el ucraniano se imponía al tongano Wolfgramm.

La fecha del desquite parece rondar el 4 de junio y la Arena Manchester se perfila como la instalación favorita para acoger el duelo con el gigantón parlanchín, que estará ante su público sumando nuevas payasadas a su repertorio. Un éxito contundente del Dr. Martillo de Acero acallará a la mayoría de sus detractores y cimentará su lugar en Canastota (hogar del Salón Internacional de la Fama del Boxeo). Una derrota, por cualquier vía, decretará el final de su era y, en cierta medida, menoscabará su palmarés.

De cualquier manera, gane o pierda, un segundo oro olímpico para Wladimir Klitschko es todo un sueño, una ficción; y los sueños, sueños son (parafraseando a don Pedro Calderón).

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