Manny Pacquiao Oracion 08502

El momento más difícil en la carrera de un atleta, apartando derrotas y lesiones, es cuando debe aceptar que ha llegado la hora de decir adiós a una profesión alrededor de la cual ha girado toda su existencia durante años muy valiosos que no pueden volver a vivirse (infancia, adolescencia y juventud). Me retiro: borrón y cuenta nueva. Se dice fácil y en menos de una línea, pero a menudo se necesita mucho más que los lógicos achaques del cuerpo para dar el importante paso que, en el caso de los boxeadores rentados, implica colgar los guantes para siempre.

Quien diga que es sencillo estar en la piel de Manny “Pac-Man” Pacquiao esta semana que transcurre, en la antesala de su aparente pelea de despedida, se engaña miserablemente. El filipino, de 37 años, debe estar batallando constantemente contra sus demonios internos (y los externos, transustanciados en su promotor, Bob Arum, y los medios de comunicación) para mantenerse firme en su decisión: este será el combate del adiós, porque me he fijado otros objetivos en el futuro inmediato y lejano, porque quiero seguir enorgulleciendo a mi añorada isla del Sudeste de Asia y ayudando a mis compatriotas sin tener que exponerme a un castigo innecesario en el cuadrilátero.

Tiene la vida asegurada –afirmarán algunos–, más millones de dólares de los que podría gastar en toda su existencia si no se propone despilfarrarlos y, además, un puesto como senador, en la Cámara de Representantes de Filipinas (del que apenas ha tenido tiempo de hacer uso), que pronto permutará por un escaño de congresista, si todo marcha a pedir de boca en los venideros comicios de mayo.

Pero el boxeo ha sido para Manny mucho más que esos ceritos que se multiplican en sus cheques tras cada reyerta, que el envidiable empujón al éxito en su carrera política o el estatus de celebridad que lo acompaña por todo el planeta. Le ha dado la posibilidad de inscribir su nombre en la historia como un atleta excepcional, convertirse en el filipino más querido y admirado de su tiempo, socorrer a sus coterráneos como un campeón de la filantropía después de cada desastre natural que azota al país e inspirar a miles de jóvenes, que como él provienen de los estratos más desfavorecidos de la sociedad, a intentar seguir su ejemplo y buscar una alternativa de sustento en el deporte.

Alejarse del pugilismo supondrá un inevitable distanciamiento de algunos de sus amigos auténticos: ya no podrá ver con la misma frecuencia a una figura casi paterna en los últimos 15 años, su entrenador y mentor Freddie Roach. Serán mucho más esporádicos los encuentros con el hombre que comenzó a pulir, a partir de 2001, a un supergallo (122 libras) que cargaba dinamita en su guante izquierdo, hasta convertirlo en el único boxeador hasta la fecha con títulos mundiales en 8 divisiones, además de una lista de nocauts en la que se incluyen nombres ilustres como Marco Antonio Barreras, Érik Morales, Oscar De La Hoya, Ricky Hatton y Miguel Cotto (por sólo mencionar a un puñado de los más conocidos).

En este conteo regresivo de las horas que restan para el último campanazo, una inoportuna duda (¿me retiro?) debe estar, a ratos, atormentando a Manny, y es preciso noquearla para mantener la concentración en su oponente real, el estadounidense Timothy Bradley (33-1-1, 13 KOs), quien está convencido de que un triunfo en la velada sabatina, lista para escenificarse en el MGM Grand Garden Arena de Las Vegas, lo colocará a las puertas de otros duelos lucrativos y, sobre todo, llenará de gloria su palmarés.

No es poca cosa ostentar el privilegio de haber sido el último verdugo del legendario Pacquiao (57-6-2, 38 KOs) y el único de sus 6 victimarios (Rustico Torrecampo, Medgoen Singsurat, Érik Morales, Bradley, Juan Manuel Márquez y Floyd Mayweather Jr.) que lo doblegó par de veces.

Lo primero, en este preciso instante, es tener la mente y el cuerpo a punto, listos para competir tras una prolongada inactividad de más de 11 meses, la segunda más larga de su carrera después de aquel descanso obligado por el fulminante nocaut a manos de Márquez. Lo más urgente ahora, y lo sabe Pac-Man mejor que nadie, es sellar con broche de oro su legado, con una victoria frente a Bradley en la refriega que pondrá fin a la trilogía de ambos y, si es posible, por la vía del cloroformo.

Sólo una derrota tiene en su récord el peleador norteño, en abril de 2014, cortesía del propio tagalo, aunque para ser honestos, deberían ser dos sus reveses, pues el éxito por votación dividida que le concedieron en junio de 2012, fue poco menos que un robo a mano armada. A Timothy le propinó su primer fracaso y ahora también aspira a mostrarle, por primera vez en su trayecto profesional, la amarga sensación de quedar abatido en la lona. ¿Qué mejor manera de poner fin a una ilustre carrera dentro de los ensogados?

Y después, solos dos razones podrían resultar suficientemente convincentes como para intentar un regreso. Una de carácter casi patriótico, otra vez con la bandera filipina como estímulo; la otra, aunque Manny no sea de los muchos avaros que abundan en su gremio, puramente económica, porque tendría que estar físicamente muy acabado (que no parece el caso) para darle la espalda a otra noche supermillonaria con el Midas del boxeo profesional, Floyd (ni Canelo Álvarez ni Terence Crawford, porque el cheque no amerita el riesgo de la gran desventaja en el peso).

En cuatro meses comenzarán los Juegos Olímpicos Río 2016, los que –parece seguro afirmar sin titubeos– marcarán el histórico debut de los púgiles asalariados en estos torneos cuatrienales. Aunque Manny fue abanderado de su delegación nacional en los que organizó la capital china en 2008, su condición de boxeador a sueldo no le ha permitido escalar al cuadrilátero en una cita estival. Desde su debut en el profesionalismo, en enero de 1995, hasta la fecha, se han celebrado 5 –Atlanta 1996, Sídney 2000, Atenas 2004, Beijing 2008 y Londres 2012–, y estos sextos, en Brasil, son su última oportunidad dorada, aprovechando la coyuntura.

Haciendo caso omiso a las críticas de algunos boxeadores retirados y en activo, y otros tantos directivos en la versión asalariada de pugilismo, Pacquiao podría viajar hasta suelo brasileño en busca de la primera medalla de oro de Filipinas en 22 participaciones olímpicas (desde París 1924).Como gran favorito, su nombre figuraría –presumiblemente– entre los contendientes de la división ligerowélter (con un límite de 64 kilogramos o 140 libras) o wélter (69 kg – 147 lb.), dos de las diez categorías de peso en las que se compite en los juegos (a diferencia de las 17 con que cuenta el boxeo profesional).

En cuanto a Floyd Mayweather Jr., quien aparentemente disfruta de su retiro como sólo él sabe hacerlo, una revancha, sin llegar a alcanzar los ingresos exorbitantes de la mal llamada Pelea del Siglo, le reportaría al tagalo una bolsa por una jornada superior a los 50 millones de dólares (siendo cautelosos en el pronóstico). Todo está en que el ex número uno del escalafón libra por libra se anime a calzar nuevamente sus guantes y boxear otros 12 asaltos con Pac-Man, al que derrotó de manera inobjetable el pasado 2 de mayo de 2015.

Pero con o sin el oro olímpico en su cuello, consumado o no el desquite con Mayweather, la estrella del boxeo asiático que marcó una época no le debe nada a nadie cuando se hable de resultados. Son sus millones de seguidores por todo el planeta, con sus incondicionales hinchas de Filipinas a la cabeza, quienes tienen una deuda de gratitud por todas las emociones que les garantizó durante más de 21 calendarios dentro de los ensogados.

De ser cierto que se retira después del combate del próximo sábado, 9 de abril, el mejor púgil de la primera década del siglo XXI (2000-2009) tendrá un lugar seguro en el Salón Internacional de la Fama del Boxeo, en la neoyorquina villa de Canastota, tan pronto como en 2021, el primer almanaque que su nombre resultará elegible.

Pero ya tendrá Pac-Man suficiente tiempo para la reflexión y el análisis del pasado, o que mejor le deje esa evaluación a los aficionados, periodistas, historiadores y hasta a sus mismísimos detractores. Ya tendrá tiempo de sobra para repensar el futuro inmediato y evaluar las cartas que le reparte Arum. Cualquier distracción en el presente podría ser fatal, porque Bradley saldrá de la esquina opuesta más motivado que nunca.

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