Manny Pacquiao Pounch 6de97

El nocaut es, sin discusión, el momento cumbre en el boxeo, una acción capaz de despertar emociones al unísono entre todos los aficionados que presencian una pelea, independientemente del nivel de conocimiento que tengan del deporte de los puños. En el fútbol sería el equivalente al gol de la victoria en la última jugada del tiempo de reposición; en el béisbol, al cuadrangular que empuja la carrera del gane en el noveno inning, con el bateador en conteo de 3 bolas y 2 strikes, y con 2 outs en la pizarra.

Poquísimas leyendas del Arte de Fistiana (Floyd Mayweather Jr., la última de ellas) han conseguido robarse el corazón o la atención de los hinchas sin regalarles con frecuencia ese segundo en el que la algarabía alcanza su momento clímax.

A lo largo de los años, en el pugilismo profesional se ha extendido la creencia, tanto entre aficionados y expertos, como entre los propios boxeadores y entrenadores, en que una de las facultades que más tarda en perder el atleta es la potencia de la pegada, su capacidad natural de generar nocauts. Con la veteranía, afirman los defensores de esta suerte de teoría empírica, se ralentizan los reflejos y desplazamientos, disminuye la rapidez de piernas y manos, pero no merma el poder adormecedor del golpe, al ser esta una virtud mucho más duradera.

Obviamente, una cosa es que su partida sea más lenta y la otra, bien distante, es que se mantenga inalterable –o se incremente– a lo largo de los años. Definitivamente, la respuesta es no. El poder del impacto, una vez que el boxeador ya rebasó su madurez como deportista, también decrece en proporción directa con su envejecimiento. ¿Qué ha habido y habrá excepciones? Como en toda regla, pero su inevitable deterioro está más que probado.

Ese puñetazo lapidario que pone al público de pie y al contrario de rodillas, de bruces o de espalda en la lona depende de varios factores y uno clave es la velocidad con que se conecta. Asumamos que la técnica y la masa muscular del peleador, otros dos elementos cardinales en la ecuación nocaut, se conservan tal cual, o hasta logran afinarse, sin embargo, la pérdida paulatina de reflejos atentará contra la perfecta coordinación del movimiento y, consecuentemente, la precisión con que se aterrizará el guantazo no será la misma (el púgil ya no podrá llevar a hechos el dicho popular que reza: donde pongo el ojo, pongo la bala).

La menor rapidez en el movimiento del golpe (recto, gancho, volado…) que le resta potencia y facilita su visibilidad por parte del rival, y la pérdida de exactitud al impactar en el blanco –casi siempre móvil– por el desgaste de los reflejos arrojan una caída gradual del por ciento de oponentes noqueados (KOs y TKOs) con el paso de los años.

Por solo enumerar algunos casos recientes, para evitar que este artículo resulte interminable, se podría mencionar a Bernard Hopkins, Joe Calzaghe, Roy Jones Jr., Zab Judah, Mike Tyson o hasta al mismísimo George Foreman, pues aunque su versión de los años 90 del pasado siglo todavía cargaba dinamita en ambos puños, no se puede comparar la lentitud de sus golpes de cuarentón con la explosividad de los que lanzaba el Foreman veinteañero de los 70.

A Manny “Pac-Man” Pacquiao, como a los mortales antes citados, no le ha sido ajena esta realidad. Pero en su caso particular, la principal razón que ha incidido en la tendencia a la baja del número de rivales anestesiados no son los designios del dios Cronos.

El astro filipino ha protagonizado uno de los ascensos más brutales en la báscula de los que se tenga memoria: de apenas 98 libras en su estreno, con apenas 16 años, hasta las cerca de 147 que ha marcado en la mayoría de sus peleas de 2009 (Miguel Cotto) en lo adelante (como wélter o superwélter en teoría; en realidad no llegó nunca a las 154, sino que acordó un peso intermedio de 150 que tampoco alcanzó a pesar).

El brinco en tonelaje del tagalo (casi 50 libras), si fuera posible convertirlo en centímetros, destruiría en un santiamén el eterno récord mundial en la especialidad de salto alto del atletismo, de 2,45 metros (más de 8 pies), establecido en 1993 por el cubano Javier Sotomayor. Tanto o más tiempo del que ha permanecido intacta la plusmarca de Sotomayor necesitará transcurrir antes de que veamos a un púgil igualar la gesta de Pac-Man con el mismo éxito, porque, evidentemente, no se trata de subir de peso por el mero hecho de buscar mejores rivales y cheques; hablamos del único campeón del mundo profesional en 8 divisiones en la historia del deporte de los puños.

Pacquiao no se apunta un triunfo por la vía del cloroformo desde noviembre de 2009, cuando le propinó un castigo inmisericorde al puertorriqueño Miguel Cotto, incluido un derribo en la tercera fracción con un derechazo cortito a la sien y otro en la cuarta por un izquierdazo a la mandíbula, hasta que en el duodécimo round, con el rostro del boricua completamente ensangrentado e inflamado, el referí se apiadó de él y detuvo las acciones (TKO-12).

Seis meses antes, había protagonizado el que muchos coincidirán en elegir como el nocaut más espectacular de los 38 que ha sumado en toda su carrera. En mayo de 2009, en la misma MGM Grand Garden Arena de Las Vegas donde destruyó a Cotto y se medirá por tercera ocasión a Timothy Bradley este sábado, le apagó –literalmente– las luces al británico Ricky Hatton en el segundo round con un zurdazo relampagueante, después de haberlo puesto un par de veces en la lona antes, en la primera fracción, ambas con ganchos de derecha.

Su pleito de noviembre de 2010, contra Antonio Margarito, debería contar en el balance estadístico como el más reciente de sus nocauts, pues lo acontecido en el Cowboys Stadium de Arlington fue poco menos que una masacre. Sin embargo, la poca clemencia que mostró el tercer hombre en el ring de turno, Laurence Cole, permitió que el mexicano escuchase el campanazo final, aunque listo para ser hospitalizado en una sala de cuidados intensivos sin hacer escala en la de conferencias donde lo esperaban los periodistas.

Margarito y Oscar De La Hoya (TKO-8), este último el responsable de acelerar la permuta de Pac-Man de la división ligera (130 libras) a la wélter (147), han insistido por separado en el hecho de que no sintieron el poder de la pegada de Pacquiao, sino que fueron víctimas de su velocidad de manos y piernas, y de la manera única en que el filipino lanza sus combinaciones en ráfagas de –4, 5, 6…– golpes desde múltiples ángulos. Para refutar las afirmaciones de ambos están sus fotos antes y después de la refriega, y en el caso del azteca de nacimiento, todavía más evidente la paliza recibida por la grave lesión ocular que le diagnosticaron tras el combate.

Es cierto que, de manera general, los nocauts de Manny (Hatton, un caso aparte) han estado antecedidos por la acumulación de castigo que consigue con su increíble rapidez en el golpeo y su versatilidad en el ataque, y no por un impacto aislado. Pero que el asiático lleva pólvora en los dos puños es una verdad verificable con solo repasar los vídeos de sus reyertas concluidas antes del límite.

La causa principal de este declive está –reiteramos– en haber asumido nuevos retos contra boxeadores más pesados, sin olvidar que el congresista por Sarangani mide un metro y 66 centímetros, una estatura que, en la época que le ha tocado vivir, no alcanza el promedio de sus colegas en las 147 libras.

Como último detalle, vale apuntalar lo dicho con un dato muy elocuente. Peleando contra contrincantes en las 140 libras (superligero) o más, Pacquiao exhibe un récord de 10 triunfos, tres por la vía rápida, y un trío de derrotas (digamos que la de Bradley, en el primer enfrentamiento, se suma a las encajadas en buena lid frente a Juan Manuel Márquez y Mayweather).

Su balance hasta antes de incursionar en una categoría superior a la de 135 libras (ligero) era de 47 victorias, 3 reveses y 2 empates, con 35 de esos éxitos antes del límite. Este último porcentaje de nocauts, de casi el 74,5 (de enero de 1995 a junio de 2008, cuando vapuleó a David Díaz), supera ampliamente el 30 por ciento que compila a partir de su emparejamiento con De La Hoya en diciembre de 2008.

Por supuesto, el párrafo anterior no contempla un elemento de tanto significado como la calidad muy superior de los últimos púgiles que han ocupado la esquina opuesta del oriundo de Kibawe, en la provincia de Bukidnon, con respecto a la primera veintena de oponentes.

Expuesto el asunto en forma breve, solo queda por agregar que, aun cuando su capacidad para fulminar a los contrarios ha ido mermando, el mejor boxeador de la primera década del siglo XXI (2000-2009) todavía cuenta, a los 37 años, con la pegada necesaria en ambas manos para causarle un sismo cerebral a otro ser humano de 147 libras. Y si Timothy Bradley se descuida la noche sabatina, en el último capítulo de la trilogía en la Ciudad del Pecado, los aprietos que afrontó ante el ruso Ruslan Provodnikov le parecerán una sesión de masaje especial comparados con el castigo que le recetará Pac-Man.

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