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Para los aficionados al boxeo que gustan de archivar estadísticas y coincidencias históricas, aquí les va una más con respecto a los dos mejores púgiles de inicios de este siglo XXI, ambos ya retirados –hasta tanto se pruebe lo contrario–, el estadounidense Floyd “Money” Mayweather Jr. (49-0, 26 KOs) y el filipino Manny “Pac-Man” Pacquiao (58-6-2, 38 KOs).

Según los resultados preliminares de la venta de la última pelea del boxeador tagalo, efectuada el 9 de abril, el número de televidentes que pagó por la señal del evento (Pay-per-view, en inglés) se encuentra en un rango de entre 400 000 y 500 000, un estimado muy decepcionante tanto para HBO como para el promotor del cartel, Bob Arum.

“Estará en un punto cercano a esas cifras”, expresó en las páginas digitales de ESPN el veterano presidente ejecutivo de Top Rank Promotions. “Pero más próximo a 400 000 que a 500 000. ¡Terrible!.”

El consuelo de Arum y la cadena de televisión estadounidense tal vez sea, primero, que tales numeritos se encuentran dentro de los pronósticos y no toman a ningún experto por sorpresa y, segundo, que Mayweather Jr. colgó los guantes el pasado septiembre con una fiesta en Showtime que igualmente fue un fracaso comercial, con todo y haber igualado ese día, en el MGM Grand Hotel y Casino de Las Vegas, la mítica marca de Rocky Marciano de 49-0.

Pacquiao, que también eligió a la Ciudad del Pecado (MGM Grand Garden Arena) para su velada del adiós, venció por amplio veredicto unánime al estadounidense Timothy Bradley en un combate que representó el cierre de la trilogía de ambos e inclinó definitivamente la balanza, 2-1, en favor del asiático, aunque de existir el deporte de los puños sin su trágico romance con los robos arbitrales el duelo habría concluido 3-0.

El congresista filipino por la provincia de Sarangani y actual aspirante a un escaño en el senado de su país tenía garantizada una bolsa de 20 millones de dólares por escalar al ring contra Bradley, mientras este último había aceptado el choque por un salario de 4 millones. Considerando el monto total que se destinó para retribuir a los protagonistas de la pelea estelar, más el sueldo de los púgiles de respaldo, sin mencionar los cuantiosos gastos de promoción en los meses previos, la noche fue una verdadera debacle financiera.

“Sí, perdimos dinero”, fueron las palabras textuales de Arum. “No fue uno de nuestros grandes éxitos. Suele ocurrir. Ya estamos creciditos. ¿Me siento bien al respecto? ¡No!.”

Showtime, la cadena de televisión que pagó unos 200 millones de dólares a Floyd por los derechos de transmisión de sus últimos seis Pay-per-view, también debió enjugarse las lágrimas al conocer los resultados de la última función del entonces número uno del planeta en el escalafón libra por libra.

Aunque se informó que 550 000 suscriptores disfrutaron de aquella reyerta entre el oriundo de Grand Rapids y su compatriota Andre Berto, la mayoría de los entendidos pone en entredicho tal aseveración y se inclina por una cifra inferior a los 500 000 hogares. Mayweather Jr. calzó los guantes aquel 12 de septiembre con 32 millones de dólares ya listos para aterrizar en su cuenta bancaria, mientras su rival de turno tenía asegurados 4 millones.

Dos factores comunes resaltan a la vista si se quieren explicar estos pobres resultados en la distribución, por el sistema de pago, de los eventos de las dos principales luminarias del pugilismo profesional en su generación. Uno es el poco drama que, a priori, ambas reyertas presagiaban, con un par de contrarios elegidos con alevosía para que el personaje principal del cuento terminara en brazos de la multitud convertido en héroe.

Solo un extraterrestre acabado de llegar a suelo terrícola le habría otorgado un mínimo de posibilidades de victoria a Berto frente al maestro de las fintas y el contragolpe. De hecho, fue tan sorpresiva la decisión de Money de pelear contra un púgil sin resultados extraordinarios y con tres derrotas en sus últimas seis refriegas, que el propio Andre no debe haberse convencido completamente de que se ganó la lotería hasta después de que vio a su contrario en la esquina opuesta y sonó la campana.

De la misma manera, quien hubiera visto el Pacquiao-Bradley I y II habría apostado la casa suya, la de sus padres y hasta la del vecino en favor del tagalo una vez que se anunció el acuerdo del tercer enfrentamiento. Tanto Manny como Floyd partían como amplísimos favoritos para dominar con claridad, una situación que ya de antemano desmotivó a muchísimos hinchas.

En el caso particular de Pac-Man, contribuyó en alguna medida a su fracaso taquillero la lamentable comparación que hiciera de los homosexuales con animales a mediados de febrero. Sus índices de popularidad internacional se desplomaron estrepitosamente, e incluso en su propia nación el efecto entre sus votantes potenciales fue devastador para el candidato a senador.

Pero la causa común número uno de la baja nota de uno y otro en las estadísticas del Pay-per-view es deudora de la mal llamada Pelea del Siglo que los dos protagonizaron el 2 de mayo de 2015. Aunque desde el punto de vista deportivo fue un olímpico fiasco, al recordar los beneficios en metálico que dejó, a todos los encartados les deben brillar los ojos como nunca de nostalgia.

La señal televisiva registró unas ventas astronómicas de unos 4,6 millones de hogares, un récord que pulverizó los 2,4 que reportó el De La Hoya vs. Mayweather Jr. en 2007 y que debe prevalecer –burlándose de la galopante inflación– durante varias décadas de boxeo rentado. Además, y siguiendo con las marcas de otra galaxia, se estima que Floyd se embolsó unos escandalosos 260 millones de dólares por una jornada de trabajo, entretanto, Pacquiao se llevaba a remolque unos 120.

La resaca de aquella noche espantosa, boxísticamente hablando, todavía tiene a miles de aficionados con revoltura en el estómago y, consecuentemente, la mayoría de estos seguidores habituales del norteño y el asiático decidió castigarlos por el deslucido espectáculo que regalaron dándole la espalda a los combates que –presuntamente– sirvieron para despedir sus ilustres carreras.

Obviamente, ninguno es digno de lástima por el bajón en el índice de teleaudiencia con el que colgaron los guantes, porque este servicio de televisión a la carta (Pay-per-view) no se inventó para otra cosa que para hacerlos más ricos a ellos, sus managers y sus promotores en detrimento del número de aficionados que pueden ver los combates a través de la señal legal (también se inventó para promover la piratería, pues son millones los que no pueden darse el lujo de pagarlo y se las ingenian para ver la transmisión).

Y mucho menos pena deben dar las pérdidas financieras de HBO y Showtime, pues desde el retiro de Mike Tyson, Evander Holyfield y, finalmente, Oscar De La Hoya, estos dos nuevos exatletas se convirtieron en la mina de oro del negocio de manera sistemática, además de ser considerados los reyes Midas por el resto de sus oponentes, conscientes de que una invitación al baile de Pacquiao y Mayweather era sinónimo de un cheque de –al menos– siete dígitos.