Evander, Roy y Floyd: el sueño frustrado -Pocos aficionados y estudiosos de la historia del boxeo, en su versión amateur y profesional, pondrán argumentos en contra de la siguiente afirmación: no hay mejor manera de dar el salto hacia el profesionalismo, en términos de ganancias y fama, que con una medalla de oro olímpica en el cuello.

Es un premio que no garantiza el triunfo posterior en la carrera como asalariado, pero que sí facilita un despegue mediático y financiero a todo motor, y permite fabricar una imagen exitosa del pugilista en los primeros años, eligiéndole cuidadosamente a sus contrarios, sin apresurar el verdadero bautizo de fuego.

Con una dosis decente de talento y esfuerzo del boxeador, el resto corre por cuenta del mánager, el promotor y el entrenador hasta que, inevitablemente, llega la hora de la verdad y el hombre queda a solas con un rival con calidad suficiente como para someterlo a prueba, en un espacio de unos 20 metros cuadrados y sin nadie que pueda darle una mano extra (a menudo surge como último recurso salvador el auxilio del referí y/o el trío de jueces).

Varios de los boxeadores rentados que han dominado sus respectivas divisiones de forma inobjetable escalaron antes a lo más alto del podio en Juegos Olímpicos de Verano.

En un recuento rápido de algunos nombres inmortalizados en Canastota (o camino de serlo), obviando seguramente otros con similar palmarés, resaltan los de los estadounidenses Floyd Patterson (peso mediano –75 kg–, Helsinki 1952), Mohamed Ali, entonces llamado Cassius Clay (semipesado –81 kg–, Roma 1960), Joe Frazier (pesado –+81 kg–, Tokio 1964), George Foreman (pesado, México 1968), Sugar Ray Leonard (ligerowélter –63,5 kg–, Montreal 1976), Oscar de La Hoya (ligero –60 kg–, Barcelona 1992) y Andre Ward (semipesado, Atenas 2004); así como el canadiense, luego representante de los colores británicos en el profesionalismo, Lennox Lewis (superpesado –+91 kg–, Seúl 1988), el ucraniano Wladimir Klitschko (superpesado, Atlanta 1996) y el cubano Guillermo Rigondeaux (gallo –54 kg–, Sídney 2000 y Atenas 2004).

Pero también están los casos que son mayoría, los de aquellos que alcanzaron la cumbre en el boxeo de paga, e incluso encabezaron el mítico ránking libra por libra, y no pudieron teñirse de dorados en citas estivales o ni tan siquiera registraron una participación.

Un trío de representantes de la bandera de las barras y las estrellas sobresale en esa relación de atletas que consiguieron asistir al certamen multideportivo cuatrienal, sin embargo, quedaron a muy poco de alcanzar el premio más preciado y, para mayor coincidencia, a los tres les tocó vivir una suerte similar en sus respectivas incursiones olímpicas.

Evander Holyfield, Roy Jones Jr. y el recientemente retirado Floyd Mayweather Jr. fueron víctimas de polémicas decisiones arbitrales que los privaron de unas medallas áureas que, a juzgar por el dominio que exhibieron sobre cada oponente que enfrentaron, parecían tener grabadas sus iniciales.

Evander Holyfield y el nocaut que no contó en Los Ángeles 1984

Evander Holyfield llegó a la vigesimotercera edición del certamen multideportivo bajo los cinco aros, Los Ángeles 1984, como un total desconocido, a pesar de que, paradójicamente, el joven de 21 años defendía los colores del país sede y había superado en el preolímpico nacional al principal verdugo de sus años como amateur, Ricky Womack (quien lo había vencido en los dos duelos previos).

Pero muy poco tiempo necesitó para ganarse el respeto y la admiración de sus coterráneos en suelo californiano, para desgracia de sus rivales en las primeras instancias del torneo.

A su primer obstáculo, el ghanés Taju Akay, lo despachó por RSC (el árbitro detuvo el combate: una decisión similar al TKO en el boxeo profesional) en el tercer asalto de una –nunca mejor dicho–  olímpica paliza. En su segunda salida a liza, Evander se apiadó todavía menos del iraquí Ismail Salman y le recetó la misma fórmula pero en dos fracciones.

Cuando en cuartos de final aniquiló con un demoledor gancho de izquierda al keniano Syivaus Okello, sin dejarle siquiera escuchar el gong del cierre del round de apertura, ya Holyfield era la gran estrella de la competición, considerado por la inmensa mayoría de los expertos como el virtual campeón de la división semipesada (81 kg).

Entonces llegó la controversia. En semifinales, frente al neozelandés Kevin Barry, el púgil norteño se encaminaba fácilmente a la disputa del título tras imponer su ley en el primer capítulo de acción y los compases iniciales del siguiente. En los últimos 6 segundos de ese episodio intermedio, mientras el de la isla del Pacífico buscaba desesperadamente otro agarre (su enésimo a pesar de ya haber sido penalizado con dos puntos), el gladiador anfitrión descargó una combinación lapidaria de golpes.

Un derechazo al cuerpo seguido de un zurdazo adormecedor a la cabeza pusieron a Barry en la lona y el combate listo para sentencia. Pero el tercer hombre en el ring, Gligorije Novicic, ahogó el grito de celebración a los aficionados presentes en la Memorial Sports Arena de Los Ángeles. El referí de Yugoslavia determinó que el segundo impacto de Evander se había producido mientras daba la orden de ¡alto! y valiéndose de este argumento lo descalificó automáticamente.

Según las reglas de la Asociación Internacional de Boxeo (AIBA, por sus siglas en francés), todo púgil víctima de un nocaut debe mantenerse inactivo durante 28 días, con lo cual, el de Nueva Zelanda quedó totalmente inhabilitado para presentarse al pleito por el oro y su victimario, fuera de contienda. En un gesto de reconocimiento a la superioridad de su contrincante, Barry levantó el brazo de Holyfield señalándolo como el verdadero triunfador.

Las sospechas sobre un mal proceder de Novicic se acrecentaron cuando salió a relucir que, en la final olímpica, quien esperaba por contrincante no era otro que su compatriota, el también yugoslavo Anton Josipovic. La descalificación de Holyfield suponía la victoria del balcánico sin tener que calzar los guantes ni lidiar dentro del encordado con los temibles puños del norteamericano.

Las protestas de la delegación de Estados Unidos, alegando un amaño del resultado, no fructificaron, pero en un hecho insólito, el púgil oriundo de Atlanta recibió la medalla de bronce en la premiación, algo que, según lo estipulado, no debió ocurrir una vez que se oficializó su polémica infracción.

En una entrevista concedida en el año 2000, Barry rememoraría aquella controversia y afirmaría: “A los aficionados estadounidenses, quiero decirles que era una conclusión inevitable que Holyfield ganaría la medalla de oro”.

Con una presea bronceada se tuvo que conformar, en Los Ángeles 1984, Evander “The Real Deal” Hollyfiel (44-10-2, 29 KOs), el púgil que en las siguientes dos décadas, como profesional, se adjudicaría títulos mundiales en las divisiones crucero (unificó los cinturones de las 200 libras) y pesada (único de la historia en ganar alguna de las fajas cuatro veces en las más de 200 libras), y protagonizaría combates convertidos en clásicos del deporte de los puños con Riddick Bowe (3), Mike Tyson (2) y Lennox Lewis (2).