Rungvisai sorprende a Román, con algo de ayuda arbitral -Sin desestimar la ola de críticas que ha despertado la polémica victoria del tailandés Srisaket Sor Rungvisai (42-4-1, 38 KOs) frente al nicaragüense Román “Chocolatito” González (46-1, 38 KOs), lo innegable es que el asiático sorprendió con su actuación a casi todos los aficionados y entendidos que se dieron cita en el neoyorquino Madison Square Garden o siguieron en vivo la incidencias del combate a través de la transmisión televisiva de HBO.

Muy pocos pronósticos otorgaban a Wisaksil Wangek, alias Srisaket Sor Rungvisai, oportunidades de poner en aprietos en la llamada Meca del boxeo al hombre que comenzó la noche sabatina encaramado en la cima del ranking global libra por libra. Tal vez, únicamente su equipo de preparación, un millar de compatriotas y aquellos que, para no ser absolutos inclinándose por el pinolero, le regalaban el beneficio de la duda.

Llegar al duodécimo asalto en pie ya hubiera sido considerado una proeza frente a un Chocolatico que sabe que se juega en cada pelea su sitial de privilegio en el escalafón sin distinción de peso y, no solo eso, además, el de Managua debía acallar a varios detractores que ya ponían en duda su estatus por la tremenda oposición que le planteó el mexicano Carlos “El Príncipe” Cuadras el pasado septiembre.

Pero el retador, oriundo de una provincia del Reino de Tailandia, Sisaket, tan complicada de memorizar como su nombre real y su apodo deportivo no se dejó intimidar por la atención mediática del momento o la hercúlea tarea que suponía intercambiar golpes con Román. Desde el primer minuto, salió a batirse sin complejos y a partir de entonces no hizo más que ir ganando en confianza.

Es cierto que el derribo del round de apertura, la primera ocasión que González visitaba la lona desde enero de 2006 (cuando su compatriota Roberto Meza lo tumbó una vez y, a cambio, Chocolatito le devolvió el favor tres veces y lo noqueó en el primer round), pareció más producto de una posición fuera de balance que de la fuerza del impacto al cuerpo. Sin embargo, Román no se apuró en incorporarse y dio la razón al tercer hombre en el ring, Steve Willis –que no lo consideró un resbalón–, apoyando la rodilla sobre el encerado y esperando que el referí estadounidense realizara el conteo de protección.

También vale destacar la a ratos indolente actitud del propio Willis, pues a pesar de las constantes entradas de Rungvisai con la cabeza, no fue hasta la altura de la sexta ronda que penalizó al tailandés con un punto, ya con Chocolatito exhibiendo dos cortadas profundas (una sobre el ojo derecho y la otra en la cabeza) que lo obligarían a cambiar por completo su estrategia y a buscar desesperado un éxito por la vía del cloroformo para evitar una decisión en las boletas.

Tan concentrado debió estar Willis monitoreando los cabezazos accidentales y los deliberados, para luego amonestar al asiático, que dejó escapar sin castigo numerosos pisotones que el zurdo tailandés propinó al nicaragüense antes de iniciar varias acciones ofensivas. Pero son estas infracciones difíciles de marcar en el fragor del pleito, pues realmente tienden a ocurrir sin intención cuando se mide un púgil diestro con uno de la mano contraria.

Y si Willis tiene algo de culpa en el controversial resultado que cambió de dueño el cinturón supermosca del Consejo Mundial (CMB), qué decir de los tres jueces actuantes, los también estadounidenses Glenn Feldman (114-112), Julie Lederman (114-112) y Waleska Roldan (113-113). Su votación mayoritaria en favor del retador no se ajusta en ninguna medida a lo ocurrido en el ensogado.

Román, de 29 años –uno menos que su oponente–, lanzó más golpes y logró aterrizar los mejores en casi la totalidad de las ocasiones en las que ambos peleadores se volcaron al ataque. Tan solo las estadísticas de CompuBox servirían para apuntalar esta afirmación: el nicaragüense impactó en el blanco en 441 de 1013 intentos, mientras Rungvisai lo hizo en 284 de 940.

Pero digamos que el rostro ensangrentado del campeón mundial en cuatro divisiones, y toda la sangre derramada sobre el encerado y la camisa de Willis, además de la caída en la ronda inicial y el hecho de que el tailandés siempre golpeara emitiendo gritos –mientras Chocolatito lo castigaba silenciosamente– fueron factores que confundieron al trío de jueces, para no entrar a cuestionar la honestidad de su trabajo ni emplear un vocablo tan recurrente en el argot pugilístico como “robo”.

De cualquier manera, con toda esa ineptitud o conspiración arbitral en su contra, la mejor versión del pinolero podía haberse llevado un triunfo mucho más claro. La velada sabatina volvió a poner sobre la palestra las deficiencias defensivas que El Príncipe Cuadras dejara ver en su batalla campal con Román. Sigue pegando más que sus contrarios el de Mangua, pero en su afán por sostener ese ritmo frenético de ataque concede demasiados resquicios para el contragolpe.

Chocolatito Gonzáles tendrá casi con toda seguridad la oportunidad de reconciliarse consigo mismo y demostrar que es superior al aguerrido tailandés, en una revancha que dejará a Cuadras de nuevo esperando por su desquite. De momento, Rungvisai se lleva de vuelta al Reino de Tailandia el título de las 115 libras del CMB, una faja que ya conquistara en noviembre de 2013 (la perdió frente a Cuadras en mayo de 2014).

Nada que recriminarle al nuevo campeón por emplear ciertas artimañas que sanciona el libro de reglas del pugilismo. Para intentar vencer al número uno del planeta, libra por libra, es preciso enfrentarlo en una de sus noches menos estelares, valerse de cuanta treta esté al alcance y contar además –como fue el caso– con alguna ayuda extra de los encargados de impartir justicia.