Noche sabatina de polémicos nocauts en Las Vegas -Es el momento cumbre de la competición dentro de un cuadrilátero delimitado por cuerdas con un área de veintitantos metros cuadrados; el invitado de lujo en los deportes de combate, el equivalente al gol de la ventaja en el tiempo añadido de un partido de fútbol o al cuadrangular que remolca la carrera de la victoria en la novena entrada de un encuentro de béisbol.

Pocas emociones se equiparan en el ámbito deportivo a las que el nocaut regala a los aficionados al boxeo.

Es, por demás, una suerte de bendición en un deporte que sufre como pocos los recurrentes errores humanos en peleas en las que existe paridad –y en las dispares, alguna que otra vez–; sentencia casi inequívoca que evita acudir a la ruleta rusa que supone a menudo la votación de los jueces, con demasiada frecuencia convertidos en los auténticos villanos de la noche.

El nocaut es, no nos quepa la menor duda, ese instante que se resiste a la pereza de la memoria y cabalga en el recuerdo de varias generaciones; la razón número uno por la cual los aficionados pagan precios desorbitantes por una silla en el Madison Square Garden de Nueva York o la MGM Grand Garden Arena de Las Vegas, o por una transmisión de televisión en vivo en HBO o Showtime (Pay-Per-View).

Pero no siempre tiene ese golpe demoledor con el que concluye un duelo entre púgiles el efecto balsámico contra las polémicas y despojos arbitrales. A veces es digno del olvido, y la más reciente noche sabatina, en el Mandalay Bay Events Center de Las Vegas, sirvió para recordarnos que el nocaut y la falta de transparencia en el desenlace de un combate no son dos factores que se excluyen en una misma ecuación.

Los escépticos que cuestionen la validez de tal aseveración pueden preguntar a los seguidores del mexicano Moisés “Chucky” Flores y a los del ruso Sergey Kovalev.

Ambos, para mayor coincidencia, desafiaban a dos campeones olímpicos, invictos en su trayecto como profesionales, que partían como favoritos en defensa de sus títulos mundiales. Flores retaba al cubano Guillermo “El Chacal” Rigondeaux, medallista de oro de la categoría gallo (54 kg) en Sídney 2000 y Atenas 2004, y dueño del principal cinturón (súper) que concede la Asociación Mundial (AMB) en las 122 libras.

Sergey intentaba recuperar la primacía de los semipesados de manos del estadounidense Andre Ward, también campeón (crucero, 81 kg) de la cita estival en la capital griega, y quien el pasado noviembre superara al ruso con una cuestionada votación unánime (114-113 en las tres boletas) que le permitió cargar con los premios de la AMB, la Organización Mundial (OMB) y la Federación Internacional (FIB).

Con las manos vacías se quedaron tanto el boxeador azteca como el de Europa del Este: vencidos y, lo peor, reclamando que sendas pifias de los jueces condujeron a este tropiezo en sus carreras. Flores (25-1, 17 KOs) sufrió el primer fracaso desde que se convirtió en atleta asalariado; Kovalev (30-2-1, 26 KOs), el segundo, ambos contra el mismo hombre al que había prometido en esta oportunidad que mandaría a colgar los guantes.

Razones para sentirse defraudados por la injusta coyuntura tienen los parciales de ambos y, en la esquina opuesta, todo lo contrario, los simpatizantes de Rigondeaux (18-0, 12 KOs) y Ward (32-0, 16 KOs), un par de clientes de la firma promotora de deportistas de Shawn “Jay-Z” Carter (Roc Nation Sports), todavía deben estar lidiando con la resaca de euforia que les dejó el triunfo de sus ídolos.

Después de repasar hasta la saciedad el vídeo de lo ocurrido con la mayor imparcialidad posible, habría que estar ciego para pasar por alto las irregularidades que dieron paso a ambos nocauts.

Flores recibió tres ganchos de izquierda por parte del caribeño, mientras este último ilegalmente lo aguantaba con la mano derecha por la nuca. Tras esa secuencia de golpes ilegales tuvo lugar el lapidario zurdazo del Chacal que desató la polémica. ¿Lo aterrizó justo en el límite de tiempo o después de la campana que decretó el final del primer asalto?

“El Chacal” Rigondeaux en encrucijada tras noquear a “Chucky” Flores

En una situación pocas veces vista, el tercer hombre en el ring, el estadounidense Vic Drakulich, consultó al funcionario de la Comisión Atlética del Estado de Nevada presente en la instalación. Ambos solicitaron ver el vídeo, tras lo cual determinaron validar la última acción del antillano. Fue una escena caótica para Drakulich, en la noche que más inseguro se debe haber sentido impartiendo justicia.

A su desconcierto siguió la pobre actuación de su compatriota Tony Weeks, un referí mucho más reputado y demandado para trabajar en eventos de élite. La secuencia de golpes con la que Andre Ward selló su revancha con Kovalev en el octavo round no comenzó con el derechazo que –aunque Sergey lo niegue– estremeció los sesos del ruso. Fue antes, con un gancho a la zona prohibida, el enésimo que Weeks dejó pasar sin castigo.

Los últimos tres impactos del todavía campeón unificado de las 175 libras, si no aterrizaron igualmente por debajo de la faja, entonces no lo hicieron nunca. Fueron todos golpes ilícitos que empañaron un choque en el que Ward se veía en una mejor condición física para dominar el último tercio de contienda y cerrar de manera categórica el capítulo de su rivalidad con Kovalev.

De cierta manera, Drakulich y Weeks robaron mucho más a los dos triunfadores de la noche: una victoria clara a la que parecían encaminados tirando de su mayor talento y ahorrarse las excusas del contrario y su séquito.