Mayweather y McGregor recogen la carpa momentáneamente – Fue todo lo predecible que podía ser. Ni más ni menos. El tour promocional de la pelea de Floyd Mayweather Jr. y Conor McGregor concluyó ayer viernes en Londres, Reino Unido, después de realizar tres escalas previas en otras dos naciones, en las urbes estadounidenses de Los Ángeles (martes) y Nueva York (jueves), y en la ciudad canadiense de Toronto (miércoles).

En la capital británica se recogió de manera temporal la carpa de este circo que finalizará su gira (eso esperamos) con el combate pactado para el 26 de agosto, en Las Vegas, un evento boxístico (considerando las reglas a seguir) atípico por colocar en esquinas opuestas al mejor púgil de toda una generación, uno de los más celebrados de todos los tiempos, y a la figura de mayor relevancia de las artes marciales mixtas (MMA, por sus siglas en inglés) en el presente.

Fueron cuatro shows aupados por los desafíos verbales con los que se acribillaron Floyd y Conor, como si en lugar de lenguas se valieran de un par de ametralladoras Browning; condimentados con un sentido del humor bastante simplón y papeles sobreactuados, el uso y abuso de frases vulgares, junto a referencias homófobas, sexistas y racistas.

Pero no estamos aquí para emitir juicios de valor o decodificar semánticamente lo dicho por uno u otro, lo cual sería un despropósito, sobre todo habiendo señalado ya que la tónica que siguió el espectáculo era más que previsible. A fin de cuentas, si hay alguna inteligencia, más que ninguna otra, por la que ambos han ganado fama y sumas multimillonarias en sus carreras deportivas es esa que algunos estudiosos nombran psicomotora o psicomotriz, una cualidad humana que depende en grado sumo de la capacidad de movimiento.

No obstante, sin pretender que este par nos sedujera con su intelecto a través de bromas más elaboradas, lo cierto es que de su millonario salario en perspectiva bien podían haber reservado de antemano un pequeño porcentaje para contratar a una decena de escritores de sketches y monólogos humorísticos, de esos que mantienen altos los índices de audiencia de programas de la televisión norteamericana como The Late Show (Stephen Colbert), The Daily Show (Trevor Noah) o Last Week Tonight (John Oliver).

No se aspiraba tampoco a que dos hombres que se ganan la vida a golpes nos cautivaran con su dicción y excepcional manejo de la lengua de Shakespeare, pero verlos ofenderse una y otra vez con tan poca gracia, nadie lo negará, no les ha hecho ningún favor. De cualquier manera, honor, a quien honor merece: sus altercados verbales no pasaron de ahí, de la burda agresión oral, y por esta autocontención de sus espíritus bélicos delante del público merecen ser elogiados.

Lo peor de esta historia es que está predestinada a fracasar desde el punto de vista deportivo y fue justamente esta suerte de entremés o aperitivo lo que debió provocar el mayor deleite del aficionado. Muy poco podrá hacer cuando llegue la hora de calzar los guantes el peleador irlandés, máxima estrella de la UFC (Ultimate Fighting Championship), ante el multicampeón mundial del boxeo profesional en un cuadrilátero e imposibilitado de lanzar patadas, rodillazos y codazos, o intentar un derribo y buscar la estrangulación de su rival.

Pero esas multitudes que abarrotaron las instalaciones de Los Ángeles, Toronto, Nueva York y Londres (más de 10 000 personas cada día), y los cientos de miles que habrán leído o escuchado a lo largo de esta semana lo que Mayweather Jr. dijo a McGregor en el escenario, y lo que este último tuvo la cortesía de responder con una ordinariez sinigual al estadounidense, son todos esos supuestamente los que no repararán en pagar los casi 90 dólares ($ 89,95) que costará la transmisión televisada (Pay-per-view) del combate en Showtime y hasta los 10 dólares extra por verlo en alta definición.

Muchos, no lo dudamos, habrán encontrado entretenidos estos recientes duelos de palabra y payasadas, pues para gustos se han hecho los colores. No pocos ya estarán vaticinando que nos encontramos a las puertas del mayor Pay-per-view de la historia, una noche en la Ciudad del Pecado que llenará a raudales los bolsillos de todos los implicados en su concepción y organización, so pena de dejarnos con las ganas de presenciar una trifulca trepidante, mínimo, competitiva.

Etiquetar lo que se avecina de pelea de boxeo sería en gran medida desprestigiar lo que el deporte de los puños ha representado para muchos atletas, aficionados y entendidos durante más de siglo y medio, desde que entraran en vigor las reglas del marqués Queensberry. Conor no es un boxeador real ni tiene futuro alguno en un ring al más alto nivel; lo sabe hasta el mismo.

No importa que entre los protagonistas se incluya el invicto Floyd, el pugilista que igualó la mítica marca de legendario Rocky Marciano (49-0), hoy convertido en un cuarentón al que tal vez no acompañe del todo su velocidad y reflejos felinos de antaño: esta es la farsa de farsas dentro de los ensogados y no habrá luego tiempo para reclamos; el público, como ha afirmado en repetidas ocasiones Dana White, presidente de la UFC, “más allá del dinero en juego, tendrá lo que ha pedido”.

Los “golpes bajos” de Floyd Mayweather a Conor McGregor

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