Jinetes del Trumpocalipsis: Mayweather vs. Mc Gregor y la legitimación del resentimiento -Uno de ellos es un debutante. El otro es uno de los grandes maestros de su oficio. Uno de ellos aceptó el desafío por puro antojo, en un mal aconsejado intento por elevar su perfil a alturas que no estaban disponibles en su profesión anterior. El otro se preparó para esta tarea durante toda su vida, impulsado por los sueños frustrados de sus ancestros, y descollando en cada paso en su marcha hacia la grandeza.

Las similitudes son tantas que casi no hace falta forzar más la analogía. Sí, estamos hablando del desafío del debutante Connor McGregor ante el ex medallista olímpico, múltiple campeón profesional y eterno rey de los rankings libra por libra Floyd Mayweather Jr. este próximo sábado 26 de agosto, pero bien podríamos estar hablando de la confrontación subyacente que lo precedió y que, en cierto modo, lo hizo posible: el ascenso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos inmediatamente después de la presidencia de Barack Obama.

Está claro que Trump y Obama jamás tuvieron la chance de enfrentarse en ningún tipo de contienda cara a cara, ya sea política, pugilística o de cualquier otra naturaleza. Pero también queda muy claro que la primera fase de la campaña extraoficial de Trump para la presidencia fue su tozuda negativa a demostrarle respeto al por entonces presidente Obama, comenzando por su negativa a aceptar las pruebas de que Obama había nacido en los Estados Unidos y continuando con sus ataques por las “excesivas” actividades recreativas del presidente y otras hipocresías similares.

Y en retrospectiva, esos comentarios podrían ser vistos ahora como el proverbial “round cero” del previamente imposible choque entre Mayweather y McGregor, una disputa en la que se miden las artes marciales mixtas y el boxeo para ver quién se queda con todo, un combate a muerte para darle a ambos deportes la chance de ganarse las mentes y los corazones de quienes disfrutan de ver gente dándose mamporros por dinero. Si necesitáramos reducir esta teoría a una breve línea, entonces, podríamos aventurar que el argumento principal detrás de este combate de boxeo es la repentinamente aceptable idea de que el status de élite de una persona es transferible a cualquier otra actividad humana.

Trump es un empresario de élite, argumentaron sus seguidores, del mismo modo que McGregor es un atleta de combate de élite, y su transición a cualquier otra élite no debería ser demasiado complicada. Pero el carácter de élite no es transferible tan fácilmente. Y la idea de que uno de los atletas negros más logrados de su generación podría ser seriamente desafiado por un atleta blanco con cero experiencia y sin haber sido puesto a prueba jamás en ese oficio no hubiese sido posible hace algunos años. Y aún así, aquí estamos, a minutos de que comience el combate.

Si alguien se siente tentado a desestimar esta comparación como una teoría conspirativa liberal, los invito cordialmente a pensarlo dos veces. A diferencia de otros eventos deportivos, el boxeo siempre encuentra la manera de canalizar confrontaciones políticas, raciales, económicas y hasta filosóficas como casi ningún otro deporte puede hacerlo. Y a pesar de que puede no ser obvio al comienzo, esas confrontaciones van permeándose a través del tejido del boxeo y embeben a la opinión pública con sus colores antes de empapar la conciencia colectiva de su era.

Jinetes del Trumpocalipsis: Mayweather vs. Mc Gregor y la legitimación del resentimiento

Esto podrá sonar a hipérbole, pero estamos hablando de una pelea nacida y concebida como una hipérbole misma. Y podemos esperar niveles Trumpianos de hipérbole, tanto antes como durante y después del combate.

La palabra “billones” ha sido usada casi con desparpajo durante toda la promoción. Las provocaciones racialmente insensibles de McGregor podrían haber sido guionadas por el mismísimo cerebro malvado de la Casa Blanca, Steve Bannon. Y todos los demás elementos también están ahí: la manipulación de las reglas, el desprecio total por la verdad, la enorme transferencia inmerecida de recursos de parte del boxeo hacia las MMA comparables solamente con la propuesta de reforma impositiva de Trump, y mucho más.

Sin importar si la gente lo sabe ya o no, este combate tiene el potencial de ser el choque boxístico con mayor carga política desde aquel recordado pleito entre Joe Louis y Max Schmeling en 1938 por una revancha con el título de peso pesado en juego entre el héroe americano y el peleador favorito de Hitler justo al inicio de las tensiones previas a la Segunda Guerra Mundial, o la infame pelea que originara a la “Gran Esperanza Blanca” en la que se enfrentó el ex campeón Jim Jeffries tratando de recuperar su faja de peso completo ante el primer campeón negro de ese peso, Jack Johnson, en una fecha muy poco casual como lo fue el 4 de julio de 1910, día de la independencia estadounidense.

En el caso que nos ocupa, las líneas divisorias son mucho más tenues. McGregor definitivamente no es el enviado boxístico de ningún cruel dictador ni el reticente representante de toda una raza que intenta recuperar un sitial perdido en la cima del la división más emblemática del boxeo. Pero definitivamente ha adoptado ese rol al insertar la “carta racial” en toda la promoción, casi unilateralmente. Se ha vestido como un típico proxeneta negro, con un extravagante tapado de piel blanco y lentes de sol engarzados con diamantes, como si ‘vestirse a la altura’ del estereotipo racial negro fuese lo que se esperaba de él en esa situación. Anunció la firma del contrato en Twitter publicando una foto suya junto a la del padre homónimo de Floyd, un retador de primer nivel en sus mejores días, en un guiño abierto a la torpe y racista idea de que todas las personas de raza negra lucen igual. Bromeando a medias se refirió a Mayweather como “muchachito” (un despectivo usual en inglés estadounidense) y lo invitó a que “baile un poco”. Y toda su actitud general fue, durante varios momentos, digna del “lenguaje del ghetto”, ya sea corporal o hablado, que pregonaba el incomparable Don King, en franco contraste con la calma y tranquilidad casi inusual de Mayweather.

Hasta ahora, todas esas provocaciones malintencionadas han pasado sin demasiada pena ni gloria entre los medios y el público, principalmente porque todavía están pensando (al igual que lo pensaban con Trump) que este payasesco acto era simplemente el berrinche infantil de un perdedor inminente. Pero eso no ha detenido a McGregor a la hora de transformarse en la Gran Esperanza ‘Alt-Right’ de los fanáticos mal informados y peor intencionados de los deportes de combate en todo el mundo.

La fanaticada de las MMA, por su parte, ha jugado con gusto el juego de su locura. Siendo un deporte que prospera en la promesa de una violencia desenfrenada que a menudo queda incumplida (mayormente en peleas que terminan en amarres, ahorcamientos, sometimientos y otros resultados poco emocionantes), la feligresía de la UFC está acostumbrada a promesas grandilocuentes, y el compromiso de McGregor de derrotar al mejor boxeador de su generación en lo que sería su debut profesional en el boxeo nos remite a similares grandilocuencias tales como muros fronterizos pagados a la fuerza por otros países; planes de recortes impositivos irresponsables basados en predicciones de crecimiento económico delirantes; arrogantes cancelaciones de acuerdos climáticos internacionales y otras propuestas que alguna vez fueron desestimadas a carcajadas como las febriles maquinaciones de un lunático con virtualmente cero chances de hacerse realidad.

Todo esto podrá haber sido visto a través del prisma de la sutileza al comienzo de la promoción, pero a medida que se aproxima el combate y la alfombra roja se abre a los pies de la UFC y su peleador más emblemático para que éstos reformen las reglas a su antojo (guantes más pequeños, permiso implícito para debutar en un combate a diez asaltos, etc.) ante la anuencia de la casi genuflexa Comisión de Atletismo de Nueva York, se hace dolorosamente claro que el combate entre Mayweather y McGregor solamente podría ser un producto del ambiente político actual de los Estados Unidos, en el cual un personaje de raza blanca que se rehusa a comportarse de un modo mínimamente digno tiene permitido pisotear cualquier pie, usar cualquier herramienta a su disposición para burlarse de su oponente, obviar cualquier proceso de control permitido, y básicamente embarcarse en una misión que puede ser resumida como una cruzada para demostrar que un blanco arrogante y lenguaraz es perfectamente capaz de hacer una mejor tarea que una persona de raza negra mucho más preparada y respetable.

Si el ascenso de Trump a la presidencia ha probado algo, es que no hay límites para lo bajo que cierta gente puede estar dispuesta a dejar caer sus estándares en su búsqueda del blanco menos preparado y menos calificado para apoyar por sobre el negro más talentoso de su generación, por poco querible que éste último pueda ser (y aquí acepto que andar por el mundo con una bolsa llena de fajos de dólares no es una manera muy digna de ganarse el amor de la clase trabajadora, ni blanca ni de ninguna otra raza o color). Y a todo esto debemos sumar el infame factor del 50-0, que sería el registro mágico que Mayweather logrará si es que derrota a su contrincante irlandés de 28 años para así superar al peso pesado Rocky Marciano y su marca final de 49-0.

Innegablemente, los números importan, y van a importar aún más en el futuro. La bolsa de Mayweather será al menos tres veces más alta que la de McGregor. Pero para los fanáticos del boxeo, verlo llegar a 50-0 ante un boxeador sin ninguna expectativa de triunfo será visto como algo mucho peor que haber permitido el ascenso del peleador más rico de la historia con registro de 0-1, y los fanáticos deberán conformarse con la imagen de ambos riendo en su camino hacia el banco donde depositarán bolsa que generaciones enteras de boxeadores no han logrado en todas sus carreras.

Aún cuando los números finales no están claros todavía, la realidad es que el combate producirá ganancias enormes que romperán todos los récords. Pero la realidad detrás de eso es que una gran parte de esa suma irá a parar a manos de un peleador que bien podría terminar su carrera de una sola noche siendo dueño del peor record posible como boxeador, y con su único logro siendo su habilidad para haberse alzado con un monto monetario equivalente a todas las ganancias de una categoría entera en el boxeo durante un año, y todo sin conectar un solo golpe significativo durante el pleito.

El mensaje es claro, entonces: transfórmate en el mejor campeón negro de tu era y ganarás mucho dinero, o transfórmate en el blanquito bocón y arrogante para luego subir al ring sin ninguna experiencia luego de ganarte ese lugar a base de insultos, y podrás ganar una cantidad similar de dinero siempre y cuando tengas el apoyo y la simpatía de una base de seguidores sedientos de sangre, borrachos en su propio sentido de la superioridad y drogados con su propia testosterona. Cualquier coincidencia con la realidad política circundante no es ninguna coincidencia.

Mayweather y McGregor cumplen, Davis pierde título en la pesa

La explotación de las ilusiones mal aconsejadas de cierto grupo de fanáticos de las AMM que se sienten atrapados en la derrota de una guerra en las redes sociales ante sus contrapartes pugilísticas ha jugado un rol muy importante en la creación de esta farsa. Eso es seguro. Pero el mero hecho de que un deporte en el que los peleadores son brutalmente explotados y mal pagados por una empresa monopólica esté invadiendo un deporte mucho más redituable y probado en el tiempo, y que le esté imponiendo sus caprichos para beneficio de la industria del entretenimiento de Las Vegas es suficiente como para que todos los fanáticos serios del boxeo se preocupen por el futuro de su deporte, sin importar el resultado.

Antes de continuar, aclaremos algo: nuestra analogía sugeriría a primera vista que McGregor es un soldado de Trump (sí, incluyendo sus manitas pequeñitas que requieren guantecitos pequeñitos) y que Mayweather es el Obama de esta historia. Pero este entuerto tiene varias capas.

Al igual que Trump, Mayweather llega a esta pelea habiendo dejado atrás todos sus posibilidades previas. Ha jugado la carta del chico malo y del villano de la película desde la manga de su camisa durante tanto tiempo que ya ha sido denunciado como un lastre para su propio deporte y hasta para el mismo estado que en alguna ocasión demoró su entrada a la cárcel por violencia doméstica solamente para permitirle pelear y mantener su máquina de ingresos impositivos funcionando. Los fanáticos del boxeo ya están hartos de Mayweather, y al igual que cierto candidato presidencial que no tenía ni siquiera crédito bancario abierto en ningún banco de su país, Mayweather tuvo que recurrir al dinero foráneo para saciar su enorme apetito.

Sin duda, Floyd se quedó sin fanáticos de boxeo para esquilmar hace ya mucho tiempo, y es apropiado que vaya ahora a buscar dinero en los bolsillos de los fanáticos de las AMM y los lleve a sus propios cofres. Podríamos argumentar que luego de vociferar las ventajas de su supuestamente autofinanciada campaña hacia la cima, Floyd está ahora financiando su búsqueda del récord perfecto de 50-0 con dinero ajeno Me pregunto de dónde habrá sacado la inspiración para eso.

Eso fue exactamente lo que hizo. Y en lugar de denunciarlo, el boxeo le dió el pase, le firmó una licencia de caza, le pintó un objetivo de tiro en la espalda a su oponente, y apostó el dinero de la hipoteca en él. Al igual que el partido republicano bajo el embrujo de Trump, el boxeo está reticentemente poniendo todas sus fichas sobre Mayweather, quien deberia producir una actuación devastadora el sábado si realmente quiere devolverle el favor al deporte que lo transformó en millonario, o de otro modo sufrir las consecuencias de haber sido el irresponsable que le abrió la cueva del tesoro a un tipo sin ninguna habilidad boxística, el equivalente de un equipo de la NBA que pone a jugar en sus filas al mejor jugador de rugby del mundo, simplemente porque total es dinero y tenemos mucho y nos vendría bien tener más ratings en Oceanía.

Siendo un temprano y entusiasta simpatizante de Trump, Mayweather aprendió de Su Majestad Naranja una cruel lección en fraude y manipulación mental. El ‘aikido’ de Mayweather alcanza su mejor expresión cuando imita las tácticas populistas de Trump, mostrándole un rostro a sus votantes y otro muy distinto a sus patrocinantes, como cuando le promete al boxeo una aplastante victoria ante su mayor amenaza en la inminente guerra por los derechos televisivos de deportes de combate con una mano mientras con la otra lanza los dados para arriesgar el futuro del deporte en un solo tiro, con los peces gordos de la industria del boxeo cómodamente sentados en la silla de la banca, y con los fanáticos de clase trabajadora financiando la aventura.

Sin importar el resultado de la pelea, el daño al deporte y al boxeo en general será solamente visible y podrá ser evaluado adecuadamente luego de que se asiente el polvo y la campana final suene, si es que llegamos a ese punto. Pero las señales del inminente Trumpocalipsis ya están aquí, y el “mundo de desastres pendientes” del que hablaba Hunter Thompson ya es el mundo en el que vivimos. Los grandes dividendos que dejará este simulacro de pelea irán a parar a manos de un puñado de individuos y no tendrá ningún impacto positivo ni en el boxeo ni en las AMM, y los fanáticos se están dando cuenta ya de eso a juzgar por las tibias ventas que este “evento único” ha generado hasta ahora.

A medida que se acerca la pelea, la máquina promotora girará sus ruedas y subirá el volumen de sus desvaríos en la esperanza de vender un par de pay-per-view más y algunos boletos también, de esos que valen 10 mil dólares o más. La estrategia básica indicaría que la promoción jugará hasta último momento y tratará de insertarse en los titulares noticiosos durante todas las horas posibles con un par de gestos ampulosos (el pesaje fue pródigo en ellos) y alguna que otra presentación televisiva en grandes cadenas, pero ya no queda tiempo para parir la cantidad de tontos necesaria para llenar el circo de este supuesto “combate del siglo”, y ya casi no queda tiempo.

El escenario está armado, los competidores están en sus puestos, y la campana sonará inflexible con el sordo rugir de una gigantesca caja registradora abriéndose para succionar suficiente dinero como para sostener a un pequeño país durante un año, y la única recompensa que nos dará a cambio será la chance de ver un evento que trascenderá en la historia, para bien de pocos y mal de casi todos los demás, en modos que solamente entenderemos en el futuro.

Y al igual que en la política, las elecciones que hagamos antes del sonar de esa campana podrán algún día regresar para atormentarnos.

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