Mayweather-McGregor: El rey ha muerto  – y en su tumba no cabe todo su oro
“De hambre y sed (narra una leyenda griega)
Muere un rey entre fuentes y jardines…”
Jorge Luis Borges, “Poema de los Dones”

El pasado sábado 26 de agosto, una pelea entre el campeón de las AMM y debutante boxeador Conor McGregor y el múltiple campeón de boxeo Floyd Mayweather Jr. tuvo lugar en Las Vegas. El jueves 31 de agosto, un evento igualmente significativo pero mucho menos publicitado tuvo lugar.

Luego de un par de días de trabajo arduo por parte de sus respectivos equipos de contadores, un reporte final ha surgido para contarnos que el combate de boxeo entre Mayweather y McGregor ha sido, por lejos, el más redituable acto de agresión física humana no letal y no ilegal en toda la historia, con cifras de pay-per-view que alcanzan los 6.5 millones de compras y rompiendo el récord anterior por más de un 30 por ciento.

Los detalles todavía están siendo verificados, y se espera una confirmación independiente de este reporte. Pero por lo que pudimos recabar hasta ahora, ambos peleadores se levantaron esta mañana, desayunaron en pijamas, alimentaron a sus mascotas, y luego se conectaron para verificar su saldo bancario y encontrarse con sumas de dinero con las cuales los meros mortales solamente pueden soñar en ganar durante toda una vida.

Mayweather-McGregor: El rey ha muerto - y en su tumba no cabe todo su oro

Entiendo que una operación bancaria difícilmente sea una noticia digna de ser mencionada. Pero ésta tiene un significado muy particular para todos los involucrados. Y si los números son correctos, estaremos desentrañando, explicando, sufriendo, criticando y maravillándonos ante estos números por mucho tiempo. Y eso es incluso antes de que empecemos a hablar sobre la cantidad de circunstancias únicas que conspiraron para que todo esto suceda.

Para mayores detalles, lo mejor será que comencemos nuestro reporte con el atleta visitante. Nos imaginamos que fue el primero en erhar un ansioso vistazo a su balance actual (y no solamente por ser el primero en despertarse por estar en horario de Irlanda), encontrándose ahí con la noticia de que pasaba a ser $70 millones de dólares menos pobre que el día anterior. A pesar de que era ya un millonario por derecho propio como rey indiscutido de las UFC, ganarse esta maravillosa cantidad de dinero por su primer paso en el boxeo (acumulando una cantidad que probablemente excede el monto combinado que ha generado la división de peso pluma en un año de trabajo, y todo por una tibia sesión de guanteo en vivo), seguramente será una fuente de orgullo para este irlandés de 28 años, quien hace apenas unos años se encontraba viviendo de sus beneficios de desempleo y algún trabajo ocasional como plomero para sostener su entrenamiento de aspirante a peleador profesional.

Y qué podemos decir del hombre al que apodan “Money”, quien se prepara ahora para embolsarse unos $350 millones de dólares en lo que seguramente será un hito imposible de superar para cualquier atleta casi sin sponsors durante un año de trabajo, y mucho menos por su labor de menos de una hora en un solo evento.

Pero nosotros ya sabíamos que esos números estaban en danza incluso antes de que los publicaran en el día de hoy, gracias al milagroso poder de predicción de la industria del entretenimiento de Las Vegas. Sin embargo, hay otros números que nos aguijonarán el alma durante un período de tiempo mucho más largo.

Como ya es común en estos casos, será el monto de dinero embolsado por cada golpe conectado lo que nos dolerá más que cualquier golpe anotado por cualquiera de estos dos peleadores, con Mayweather alzándose con unos $2 millones por golpe y su enemigo llevándose la peor parte al quedarse con algo menos de un millón por cada oportunidad que su guante aterrizó sobre la humanidad de Floyd. El mismísimo rey Midas no podría haber ganado más dinero aún si hubiese golpeado a 170 oponentes en una sola sesión para así transformarlos en oro y luego vender sus repentinamente dorados cuerpos.

Está claro que éste es (y lo será por siempre) la única medida del éxito de esta “atracción especial de 10 rounds” que tuvo lugar en Las Vegas esta semana: la capacidad de dicho evento de combinar el poder de convocatoria de dos deportes diferentes para el beneficio de apenas dos de sus ejecutantes, y no mucho más. Ningún grupo de seres humanos ha pagado tanto dinero para ver algo transcurriendo frente a sus ojos a pesar de ya estar seguros de su final en un 99.9%. Si alguien nos hubiese dicho (con tanta repetición y casi hasta el hartazgo, como lo hicieron con esta pelea) que Darth Vader era el padre de Luke Skywalker en los días previos al estreno de “La Guerra de las Galaxias”, la película no hubiese vendido un solo boleto. Pero nuestro deseo de ser testigos de la muerte de un caballero Jedi del boxeo en vivo y frente a las cámaras fue demasiado tentadora como para dejarla pasar, con o sin sables lumínicos de por medio.

Ahora, cuando el polvo ya se ha asentado, nos queda la imagen de la contribución de Mayweather al deporte como su rey indiscutido libra por libra durante la mayor parte de dos décadas, su ejecutante mejor pagado en la historia, uno de sus mas reticentemente reverenciados maestros defensivos, y en estos días, el catalizador de una masiva transferencia de ingresos de parte de sus fanáticos hacia los cofres de la UFC, con la única contraprestación por parte de McGregor siendo su aporte como creador del “sopapo a la nuca”, la “cucharita sorpresiva” y algunas otras payasadas francamente abochornantes.

Pero no hay nada de qué preocuparse. El boxeo acaba de pagarle $70 millones a un tipo que perdió su tercera pelea ante un luchador de apellido Sitenkov, un lituano con registro de 15-16, con el único propósito de hacer un ajuste de cuentas en una guerra que el boxeo estaba (y siempre estará) ganando entre sus fanáticos y los de las AMM, esperando convencer a estos últimos de que el boxeo es el rey que convierte en oro todo lo que toca, y no al revés. Y por esta razón es que el brillante récord de 50-0 de Mayweather quedará marcado para siempre como un fraude, que es el tipo de tratamiento que recibiría Nolan Ryan si se decidiera a regresar para lanzar un no-hitter más, esta vez ante un equipo de de cricket compuesto estudiantes secundarios chilenos, simplemente porque estaría bueno ganar unos pesos más y de paso predicar el evangelio del béisbol ante los salvajes habitantes de Sudamérica. Imaginen el asterisko del tamaño de la Luna que semejante acción le valdría a Ryan en su biografía en WIkipedia.

Los números de todo este entuerto son, entonces, la única razón por la cual estamos seguros de que Mayweather ya ha dejado atrás el boxeo, casi tanto como el boxeo lo ha dejado atrás a él. El niño que se hizo rey se ha quedado sin los desafíos que realmente lo motivaban en la vida, que no están precisamente en el ring sino mucho más cerca de las hazañas que registró en las cajas registradora y a las que se acostumbró con tanta facilidad.

Su actuación tampoco fue lo suficientemente alentadora como para esperanzarnos ante la posibilidad de otra pelea futura. Mayweather, por primera vez en mucho tiempo, lució lento, fuera de foco, fuera de forma y hasta peligrosamente desmotivado durante casi todo el combate. Pero en todo momento sabía lo que estaba haciendo. Criticado a menudo por pelear con boxeadores “verdes” o “demasiado maduros”, esta vez Mayweather se enfrentó al púgil correcto en el momento exacto.

Porque, verán ustedes, el Hombre Dinero ya no va acumulando billetes de a poquito. Volvió a sudar la casaca solamente para limpiar las mesas de una sola sentada, y había solamente un juego en todo el casino con croupiers y apostadores lo suficientemente tontos como para aceptar semejante apuesta, incluso viniendo de un tipo dotado de la habilidad de transformar en oro todo lo que toca.

También es muy poco probable que jamás volvamos a ver a McGregor en un escenario de combate ensogado nuevamente. Su actuación no vue la verguenza espantosa que todos predecían, pero tampoco fue el tipo de pelea que podría generar ganas de verlo calzarse los guantes de nuevo. De hecho, apenas fue lo suficientemente digna como para sembrar una tenue sombra de dudas y especulaciones, como si entrenar un poco más fuerte o guantear un par de rounds más con Paulie Malignaggi pudiesen transformarlo en un boxeador legítimo en algún mundo posible. McGregor dejará atrás a las reglas del marqués de Queensberry, y si tiene una pizca de honestidad será el primero en sentirse reconfortado por eso, con todos nosotros siguiéndole el paso.

Esperábamos una actuación devastadora, pero nadie la obtuvo. Esperábamos una brutal lección de parte del boxeo a su belicoso primo lejano, una performance ejemplificadora que le enseñara a todos los desorientados, agresivos y sobreexcitados fanáticos de las AMM que su deporte es igual que el boxeo, con la excepción de que fue pensado para gente que no cuenta con la obviamente relevante capacidad de recibir golpes en la cara. Nada de eso sucedió.

En lugar de eso, fuimos testigos del último destello de nuestra más brillante estrella, quien se cobró todas sus deudas con el deporte con un último saludo ante el telón final que dejó un gusto amargo en nuestras bocas. Mayweather es una leyenda, sí, pero muy pocas leyendas han terminado bien, en la Grecia antigua o en cualqueir otra parte. Su sed por el dinero lo transformó en lo que es, y tristemente también lo transformó en el personaje que siempre recordaremos.

Le succionó al boxeo todo el dinero que le pudo sacar, jugando la carta del chico malo hasta el hartazgo, y al final hizo falta la ilusión mal aconsejada de la fanaticada completa de un deporte ajeno al boxeo para juntar el dinero suficiente que convenciera a Floyd de que era ya hora de barrer sus fichas del paño. Para haber ganado más dinero que el que ganó, hubiese tenido que adquirir el poder real de transformar todo lo que toca en oro.

Y una vez que esa puerta hacia la tentación se abre, el desastre es lo que siempre termina por imponerse.

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La leyenda cuenta que el rey Midas, mareado por el poder de su ambición desbocada, no se imaginó que al tocar una mujer terminaría por ver horrorizado cómo ésta se tranformaba en una estatua dorada, o que caer exhausto sobre su suave cama terminaría siendo una estrepitosa caída sobre una repentinamente incómoda y fría plancha de metal. A medida que sus leales súbditos y hasta sus seres queridos huían de su compañía y lo asaltaba finalmente la certeza de que jamás volvería a probar el sabor de una manzana ni a sentir la reconfortante frescura del agua de su fuente, Midas deambuló desvariado por su jardín maldiciendo su suerte antes de sucumbir, hambriento, sediento y solitario, bajo el peso de su propia codicia.

Floyd Mayweather Jr., rey indiscutido del boxeo, posiblemente viva una historia diferente, y es posible que sus millones le duren para siempre y tenga una vida larga y feliz rodeado de todos los tesoros de la Tierra, con todas las delicias bebibles y comestibles al alcance de sus dedos.

Pero por su propio bien, y por el bien del deporte que lo llevó al trono, esperamos que lo piense dos vecces antes de atreverse a probar las frutas o a beber las aguas del boxeo una vez más.

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