La encrucijada de Chocolatito González tras su estrepitosa caída -Brutal, devastadora, nefasta… Cientos de adjetivos similares podrían emplearse para calificar la debacle sabatina de Román “Chocolatito” González, y aun así las palabras difícilmente conseguirían ilustrar en toda su dimensión el sorpresivo desenlace de la pelea del astro de Nicaragua en el cuadrilátero del StubHub Center, en la californiana ciudad de Carson.

Es preciso verlo para creerlo. Y no es este servidor el único que más de una vez habrá repasado la secuencia de imágenes de las dos caídas del pinolero, sobre todo la segunda, sin acabar de entender del todo cómo pudo ocurrir tamaño desastre a un hombre que, exactamente un año atrás, gobernaba el mítico ranking libra por libra de las más prestigiosas publicaciones especializadas en boxeo por sus bien ganados méritos.

En la posibilidad de que acontezca lo muchas veces impredecible radica uno de los tantos encantos del pugilismo profesional, y aunque se sabía que su verdugo, el tailandés Srisaket Sor Rungvisai, carga dinamita en ambos guantes, pocos –o nadie– presagiaban una victoria del asiático con esa contundencia, mucho menos con un Román tendido en la lona semiconsciente. Pero, y vale apuntarlo, no fue un golpe de suerte.

Si hace seis meses, cuando Sor Rungvisai arrebató a González su invicto, sobraban los argumentos para arremeterla contra el trío de jueces que hizo posible la absurda votación mayoritaria (113-113 y 2 x 114-112), y también contra el tercer hombre en el ring que no amonestó a tiempo y, luego, penalizó muy tarde los presuntos cabezazos accidentales del tailandés, esta vez, el resultado no deja espacio a las objeciones.

Desde el gong de apertura, el mejor pugilista dentro del ensogado fue aquel que salió en defensa del cinturón supermosca que avala el Consejo Mundial (CMB). Pegando con más frecuencia y fortaleza, el campeón obligó a Chocolatito a replegarse y, a cambio de su envalentonada actitud, recibió combinaciones del centroamericano que no llegaron a incomodarlo. Tal vez el más sorprendido en ese instante fuera el propio Román, habituado a hacer pagar caro a sus rivales cualquier exceso de osadía en las 105, 108 y 112 libras.

No ha sido así en esta nueva división en la que, no obstante el bajón de rendimiento, logró completar la hazaña del tetracampeonato divisional: un título en una cuarta categoría de peso con el que rompió el empate que mantenía con su otrora mentor, el gran Alexis Argüello, y se convirtió en el púgil nicaragüense más laureado de todos los tiempos.

Precisamente desde aquella noche de septiembre de 2016, en la que inmortalizó su nombre en los libros de records y aumentó su leyenda a expensas del entonces titular del CMB, el mexicano Carlos “El Príncipe” Cuadras, se vio que el salto en la báscula le pasaba factura al diminuto González, quien como supermosca se veía obligado a regalar ventaja en el alcance de sus brazos y la masa muscular.

Con los golpes que aterrizó en la anatomía de Cuadras e incluso con los que logró conectarle a Sor Rungvisai en la malograda revancha (en el tercer round, para ser más exactos), con esos mismos impactos Chocolatito obligó a claudicar a boxeadores curtidos como los japoneses Yutaka Niida y Akira Yaegashi, o los aztecas Ramón García Hirales y Édgar Sosa, o el filipino-estadounidense Brian Viloria.

No causan ya sus ganchos y rectos aquellos estragos, y su pétrea resistencia al castigo del contrario, puesta a prueba una y otra vez en tantas batallas campales en las que dictó sentencia, tenía que quebrarse en algún momento, y ese día aciago fue el sábado, en un coliseo de Carson al que se dieron cita muchos de sus compatriotas para contemplar estupefactos el desplome de su titán.

Arruinada queda ahora, quizás para siempre, la continuación de su rivalidad con El Príncipe Cuadras o con Juan Francisco “El Gallo” Estrada; convertida también casi en quimera, esa posible superpelea entre Román y el prodigio nipón Naoya “Monster” Inoue. En un futuro inmediato no podrá concertarse ninguno de esos emparejamientos y, en este justo instante, no creo que ni un solo hincha de los miles que han seguido la ilustre carrera de González quiera verlo enzarzándose a trompadas con uno de los tres mencionados.

Toca ahora un largo y tortuoso camino de reflexión, un obligado descanso para sanar las heridas de guerra que dejan en muchas ocasiones más secuelas psicológicas que físicas. Si la decisión es, a sus 30 años, retornar para intentar un nuevo asalto a la gloria, deberá planificar un ascenso paulatino y no quemar las naves con la celeridad que lo hizo en su paso por la división supermosca.

La categoría de peso a elegir será otro dolor de cabeza que el oriundo de Managua y su equipo deberán acordar. Volver a los moscas no es una opción por la incapacidad para detener la aguja en las 112 libras: lo ha dicho el propio Román en el pasado y lo ha reiterado en las últimas horas. Mantenerse en las 115, donde se concentra el mayor talento de las categorías inferiores, se perfila como un auténtico suicidio deportivo.

No considero que Román esté listo ya para colgar los guantes, aunque sí que ya vio pasar sus mejores días. Sin embargo, si esa fuera su decisión, despedirse de la profesión con la que ha llenado de gloria y orgullo a Nicaragua, nada que reprocharle, todo lo contrario, su lugar en Canastota, junto a los grandes nombres que integran el Salón Internacional de la Fama del Boxeo, está más que garantizado, y entre sus coterráneos será considerado siempre un héroe nacional, como lo fue Argüello.

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