“Canelo” Álvarez y Gennady Golovkin empatan en un combate intenso -LAS VEGAS, Nevada – No fue la pelea del siglo, ni de la década, y tras su decepcionante resultado es probable que no esté ni siquiera entre las mejores peleas del año. Pero eso no quita que los todavía campeones medianos Gennady Gennadyevich Golovkin (37-0-1, 33 KOs) y Saúl “Canelo” Álvarez (49-1-2, 34 KOs) no decepcionaron a sus fanáticos tanto como lo hicieron los jueces, especialmente la eternamente decepcionante Adalaide Byrd, una jueza que ha sido pródiga en polémicas y que debería abandonar inmediatamente el boxeo tras decretar una insólita tarjeta de 118-112 a favor de Canelo, que junto a la más ajustada (y coincidente con la tarjeta de quien esto escribe) tarjeta de 115-113 a favor de Golovkin y una no del todo descabellada tarjeta de Don Trella en empate a 144 por lado dejaron este pleito tan esperado en un empate.

Todo análisis de lo sucedido en el ring muere en esos fatídicos pedazos de papel que los jueces entregan tras cada round y se suman al final del combate. El destino de los boxeadores, su posibilidad de mayores retos y aún mayores ganancias, la dignidad misma del deporte y mucho más. Es ahí donde nace la decepción por este combate y no en el ring del T-Mobile Arena, donde ambos púgiles hicieron un trabajo más que digno en un combate en el que plantearon sus estrategias y sus fortalezas con energía pero sin terminar de jugarse demasiado, para causar finalmente el abucheo cerrado de los más de 22.000 fanáticos presentes, tan alborotados por el resultado como por el hartazgo ante la falta de voluntad aparente por definir el pleito, adjudicable a ambos rincones.

El transcurso del combate arrancó con intensidad, con Canelo haciendo errar muchos golpes a Golovkin para cansarlo y responder con golpes de potencia ante los inofensivos jabs del nativo de Kazajistán. Hacer errar golpes a un pegador nato es algo básico en el boxeo, con el fin de cansar al rival que al no conectar sus manos pierde una enorme cantidad de energía a la vez que gana en frustración y dudas.

Canelo esquivó y devolvió golpes con gusto, conectando el upercut que tanto hace mella en Golovkin (tal como lo expuso Kell Brook con maestría), y tuvo su mejor momento en el cuarto asalto, cuando se recostó sobre las cuerdas para desafiar al asiático a golpearlo pero sin obtener respuesta alguna, en un duelo de miradas y voluntades ganado ampliamente por el tapatío.

La falta de voluntad o capacidad para tirar del gatillo por parte de Golovkin animó a Canelo a soltarse y tener un gran quinto asalto, con un Golovkin frustrado emocionalmente, cuando ambos se atrincheraron a soltar las manos sobre un rincón y Canelo pudo cantar victoria por la mínima diferencia, pero marcando un camino que luego no se ocuparía en seguir.

En efecto, ya en el sexto y séptimo asaltos, Canelo se tomó lo que parecieron brevemente dos rounds de descanso, haciendo errar golpes a Golovkin y moviéndose sobre el ring para hacer cansar a su rival. Pero cuando esa poco efectiva estrategia se extendió a los dos siguientes rounds y no dio señales de virar el rumbo, la preocupación comenzó a invadir al ringside y los abucheos comenzaron a descender en cascada desde los asientos más lejanos.

Ambos peleadores se dieron por aludidos y se trenzaron con ganas en el décimo, con Golovkin ensayando un zapateo breve que dio señales erróneas de una caída inminente. La mayor actividad de Golovkin le valió ese y el siguiente round, y solamente el excelente inicio del asalto final hizo algo por remediar la falta de acción que se apoderó del ring en los últimos episodios de la contienda.

El anuncio de la decisión, ahogado en abucheos desde los cuatro rincones del estadio, dejó en claro que fue fácil engañar a algunos durante un tiempo, pero que será mucho más difícil engañar a muchos durante mucho tiempo. La pelea ameritaba esta expectativa, y la misma se cumplió sobre el ring. La chance de vendernos una revancha, en esta ciudad en la que el pecado reina no solo en los salones de póker ni los clubes de nudistas sino en todas partes, se achica cada día más. Y el paso del tiempo no hará mucho por hacernos cambiar de opinión.

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