Jake LaMotta y el boxeo como acto de contrición -Cada vez que el boxeo produce una de sus famosas “listas de todos los tiempos”, el nombre de Giacobbe “Jake” LaMotta aparece con prominencia entre los primeros diez puestos en la categoría “quijada”. El legendario “Toro del Bronx” tenía una tolerancia a los golpes que pocas veces ha sido vista en el ring, habiendo cruzado golpes con algunos de los más temibles fajadores de su era casi sin tocar las lonas en algo más de un centenar de combates.

Este martes 19 de septiembre, empero, la muerte lo encontró tras buscarlo por los callejones neoyorkinos y por los rings de todo el planeta durante algo más de 95 años, siendo el campeón de mayor edad todavía en pie para contar su extraordinaria historia.

Jake LaMotta y el boxeo como acto de contrición

Portada de la película “Toro Salvaje”

La historia de la que hablamos ya está escrita en tono de leyenda por la impecable “Toro Salvaje”, la película protagonizada por Robert DeNiro que aún hoy es ampliamente considerado el mejor largometraje de temática boxística de todos los tiempos. Pero como toda historia de boxeo llevada al cine, son muchas las “licencias poéticas” que su director Martin Scorcese se tomó al transformar la biografía homónima en un guión cinematográfico.

Y es en esos momentos secretos donde reside mucha de la leyenda que LaMotta se ganó con el paso de los años, e incluso mucho antes de dejarla reflejada en el celuloide.

A pesar de ser un toro (“bull”) sobre el ring, el pequeño Jake era víctima del “bullying” en su infancia y adolescencia. Pero todo eso terminó cuando su padre lo encontró lamentando sus infortunios en un momento de llanto escondido en su habitación. Luego de recriminar su debilidad y de darle una breve golpiza para acentuar por anticipado su inminente lección, su padre procedió a darle un picador de hielo (una herramienta sencilla y temible, como un destornillador fino y largo, de acero templado y muy punzante) y le dio ahí mismo una receta contra el acoso infantil que luego trasladaría a sus más de trescientos combates entre el amateurismo y el profesionalismo: “hit them first, and hit them hard”, dijo el viejo LaMotta (“pégales primero, y pégales duro”).

Las circunstancias, la marginalidad, la violencia imperante, las guerras entre pandillas de orígenes raciales y migratorios más diversos, y obviamente los amigos del barrio (entre quienes se encontraba el también futuro campeón Rocky Graziano, entre otros) impulsaron a Jake a usar esa herramienta y ese consejo en una temprana vida de delincuencia callejera. Y con ella, a un episodio tan definitorio como aquella amarga lección de filosofía ofensiva recibida de su padre, y que marcaría de ahí en más su idiosincrasia defensiva, si es que alguna vez la tuvo.

Con 17 años de edad, Jake apaleó a un conocido levantador de quinielas del barrio (Harry Gordon) con un tubo de metal para robarle una billetera que resultó estar vacía. Los diarios dieron la noticia de la muerte de Harry al otro día, y Jake se sumió para siempre en la desesperanza del asesino consumido por una culpa ardiente.

Esa culpa se trasladó al ring, donde Jake peleó durante más de 12 años con la urgencia de un niño acosado blandiendo un picador de hielo en cada mano y con la culpa de un adolescente poseedor de un secreto terrible. Golpeaba para matar, y se dejaba golpear para que lo maten. El impulso de supervivencia más básico del ser humano se combinaba con la sumisa acumulación de castigo como acto de arrepentimiento y penitencia en un espectáculo cruel y atrapante, resumido en otra de las frases que lo identifican: “subconscientemente, yo peleaba como si no mereciera vivir”.

A pesar de exponerle el mentón a la muerte en cada round de cada uno de sus 106 combates profesionales, LaMotta no tocó las lonas hasta casi el final de su carrera, cuando peleando en el peso semipesado ante Danny Nardico cayó brevemente para luego abandonar el combate. La escena (ficticia pero cargada de emotividad) en la que LaMotta se burla de su enemigo jurado Sugar Ray Robinson diciéndole “nunca pudiste tirarme, Ray” a pesar de que ambos combatieron en seis ocasiones (con la victoria de Jake en el segundo combate de la serie finalizando un invicto de 35 combates y siendo la única derrota legítima del considerado como el mejor boxeador de todos los tiempos en una inverosímil racha de 128-1-2 en sus primeros 11 años de carrera) es una de sus marcas más definitorias.

LaMotta cae ante Nardico

Pero también lo es la razón por la cual LaMotta recibía ese castigo. La culpa por haber matado a Gordon lo acosó durante gran parte de su carrera, o al menos hasta el pavoroso e impensado día en el que el mismo Harry Gordon, luciendo más viejo, gordo y con una enorme cicatriz sobre su cabeza, se presentó a saludarlo tras una de sus peleas para rememorar los años compartidos como viejos vecinos del Bronx, sin haberse enterado de que había sido Jake el autor del mazazo impiadoso que lo envió al hospital durante seis semanas mientras los periódicos lo daban por muerto, para luego recuperarse y mudarse al estado de Florida porque “el Bronx era un lugar peligroso”.

Librado ya de su pecado mortal pero no de su culpa, LaMotta siguió peleando unos años más hasta que decidió también seguir los consejos de Harry y mudarse a Florida, donde engordaría, abriría un local nocturno, iría a parar a la cárcel, se casaría media docena de veces y agregaría un par de notables páginas al libreto que luego se convertiría en una obra maestra del cine.

Las licencias poéticas de Scorcese no se detienen en la eliminación de toda mención a Harry Gordon durante su notable película. Hay quienes juran no haber escuchado a Jake insultar jamás en su vida, a pesar de que DeNiro recorre las páginas más negras del diccionario callejero neoyorquino en su caracterización de LaMotta. Poca mención se hace también de la heroica actitud de LaMotta de rechazar toda influencia de la mafia de su época, liderada por el inefable Blinky Palermo, ante quienes sucumbió brevemente en 1947 para “tirarse” ante Billy Fox y así dejar que la “cosa nostra” gane una fortuna en las apuestas. Pero el espíritu torturado de LaMotta había aprendido la dura lección de quien guarda un secreto asfixiante, y años después testificaría ante el congreso estadounidense para denunciarse a sí mismo y así ayudar a desarticular la delincuencia de sus propios paisanos.

Quizás algún día serán esos los recuerdos que superarán a la leyenda que nos impuso el tamiz de los lentes de Hollywood, y ese será finalmente el Jake que todos recordemos. El hijo que tanto temía a su padre que prefería imponer el terror en su barrio y en los cuadriláteros del mundo antes de decepcionarlo una vez más. El púgil arremetedor y frontal, siempre acechando y sediento de sangre propia y ajena. El ex delincuente ítalo-americano que derrotó a la mafia en lugar de unírseles. El enhiesto campeón que sobrevivió a todas sus víctimas y dejó su herencia registrada en una película memorable.

Y por supuesto, el niño que tiraba puños para sobrevivir en esta tierra y los recibía para ganarse (algún lejano día) un lugar en el cielo.

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