Floyd Mayweather y Conor McGregor protagonizaron la megafarsa de 2017 -Como buitres del negocio que son capaces de vender un refrigerador a un esquimal, los “moneymakers” vinculados al boxeo crearon la falsa ilusión que el combate entre el boxeador estadounidense Floyd Mayweather Jr. y el irlandés Conor McGregor, especialista en Artes Marciales Mixtas (MMA) tendría todos los ingredientes para convertirse en la Pelea del Siglo.
Pocos lo creyeron, pero en la práctica el mundo del boxeo se vio involucrado por segunda vez consecutiva en un colosal show mediático que nos engatusó a todos, aunque desde el punto de vista puramente boxístico, el pleito resultó una farsa de dos fanfarrones que aderezaron la puesta en escena con los ingredientes extras para hacerla al menos “vendible”.
Sería de obtusos negar que la singular reyerta alcanzó su objetivo: recaudar dinero a manos llenas que fueron a parar, directa o indirectamente, a los bolsillos de los involucrados, léase promotores, la T-Mobile Arena, de Las Vegas y un largo etcétera de beneficiados , que incluye por supuesto a ambos contendientes.
CIFRAS ESPELUZNANTES
De acuerdo con la televisora Showtime, la pelea, disputada el 26 de agosto, generó 4,3 millones de compras en hogares y establecimientos – la adquisición individual fue de $ 100-, con ingreso total de $ 600 millones, que la ubica en segundo lugar de todos los tiempos, detrás del megafraude anterior, en el que igualmente estuvo involucrado Mayweather Jr. frente al filipino Manny “PacMan” Pacquiao y que vendió 4,6 millones de PPV y otros $ 600 millones en ganancias brutas, algo superior a las del Mayweather-McGregor.

También la Comisión Atlética de Nevada precisó que el pleito entre el norteño y el europeo generó más de $ 55 millones por concepto de boletos, la segunda recaudación más elevada de la historia, detrás de los $ 72 millones del Mayweather-Pacquiao, el actual récord de taquilla para un combate. Los precios de las papeletas oscilaron entre $ 3 mil, la más barata, hasta $ 100 mil, la más cara.
Y como era el principal protagonista, la chequera de Mayweather Jr. sonó con contundencia: $ 240 millones solo por subir al ring de la T-Mobile Arena -se asegura que fue 66 veces más de lo que ganó el fenomenal Joe Louis en toda su carrera-. Y si se le suma las comisiones por entrada, mercadería, derechos televisivos, ventas de PPV y parte por la promoción del combate, la cifra neta superó los !350 millones! de billetes verdes.
Por ser el actor de reparto, McGregor quedó bien alejado en las ganancias, aunque con la relevante cifra de $ 75 millones por cruzar guantes frente al astro de Grand Rapids, Michigan. Sumado el patrocinio, la taquilla, el PPV y otros acápites establecidos en el contrato, el irlandés partió de Las Vegas con cerca de $ 100 millones.
ANTECEDENTES DEL COMBATE
Con par de títulos mundiales en el Ultimate Fighting Championship (UFC), pero sin experiencia en el boxeo profesional, el irlandés McGregor -un clon de Mayweather Jr. en cuanto a excentricismo y payaserías – comenzó a mover las redes sociales en 2016 tras las exorbitantes ganancias que generó el duelo entre el norteño MoneyMan y el tagalo Pacquiao.

En un principio, la mayoría lo consideró como un acto premeditado de “El Notorio” McGregoren busca de publicidad, pues su potencial adversario, el monarca del pugilismo se encontraba “retirado” después de vencer a Pacquiao en forma inobjetable y por votación unánime. Pero poco a poco el reto fue tomando forma y motivando cada vez más al despilfarrador Mayweather, quien gastaba a manos llenas en autos, fiestas, regalos, relojes y hasta en la compra de aviones. Nada mal le vendría reforzar sus arcas, aunque fuera a costa de dar marcha atrás a la decisión de colgar los guantes.
El tiro de gracia lo dio gracia el propio Mayweather Jr. al pedir el 7 de marzo que McGregor firmara el contrato y dejara de vender humo. Entonces -y ya con precisos cálculos de las ganancias – lanzó su grito de guerra al irlandés, señalando que sólo un combate contra él lo haría salir del retiro.
Como ha sido su costumbre desde que se asentó como rey del boxeo, Mayweather Jr. pisó en terreno firme sin dejar nada al azar, estableciendo un grupo de exigencias, que harían casi imposible el triunfo de McGregor, quien el 18 de mayo firmó el contrato, tras acceder a varios de los leoninos términos de Mayweather Jr., y derribados los obstáculos del reglamento en ambas disciplinas deportivas, así como otorgada la imprescindible licencia por la Comisión Atlética del estado de Nevada, con lo cual esta última igualmente garantizaba su tajada monetaria en el pastel.

El mundillo del pugilismo se estremeció cuando McGregor escribió en las redes sociales: “”Hay pelea” (The fight is on), aunque unos minutos antes Mayweather Jr. había dado el pistoletazo de salida en su cuenta de Instagran en la que publicó un breve video con la imagen de los dos deportistas: “!!!Es oficial!!!”

LA PELEA
A lo grande, como el show que era, se engalanó la T-Mobile Arena. McGregor, de 29 años, apareció con barba, lleno de tatuajes y exhibiendo posiciones que más lo asemejaban a un muñeco que a un verdadero púgil. El “viejo” Mayweather, con 40 y dos sin pelear, se presentó con capucha y máscara negras. La arena a punto del derrumbe. Por lo novedoso, por la emoción … por lo histórico.

Para no defraudar los ríos de dinero que adornaron el encuentro, Mayweather Jr. jugó en los primeros asaltos al ratón y al gato. Se movió, permitió que McGregor con un ritmo frenético en los inicios, mostrara sus toscos movimientos, en los que el de Dublín pegó algunos golpes, muchos por detrás de la cabeza, reflejo de sus lances en las Artes Marciales Mixtas.

En lo adelante y ya “en calor”, comenzó a vislumbrarse la habilidad y los instintos del norteño. Neutralizó cada burda arremetida de McGregor, mostró que su preparación es envidiable, que posee un dominio único del escenario, que sabe evitar los errores y así, añadiendo arte y magia ganó cada uno de los siguientes asaltos. Nada de excesos, pero sí de profesionalismo, de convicción … de talento, hasta convertir en gigante su figura y reducir al mínimo las ambiciones de su oponente.

En este vídeo puede ver el epílogo  posterior al “combate”:

Desde el sexto y en adelante, Mayweather marcaba el ritmo de las acciones. Seguramente en su interior sonreía, porque el fin era cuestión de tiempo. En el octavo pudo acabar, pero la campana interrumpió el obvio desenlace. En el décimo, menguada las fuerzas y la resistencia del europeo, Mayweather Jr. conectó repetidas veces, en tanto McGregor ya casi no podía sostener sus guantes en alto. Transcurridos 1:05 minutos de la fracción, el árbitro Robert Byrd acabó el desigual enfrentamiento, que se inscribe en los anales del deporte como un megafraude inolvidable, no por su calidad técnica o competitiva, sino por los ingresos generados.

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