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    Sólo tuvo una derrota en su  prodigiosa carrera boxística. La última de sus peleas, aquella que celebró sin árbitro, sin guantes, sin contar con su esquina y muchos menos con aquellos miles de hombres y mujeres y hasta niños que se apretujaban unos a otros para verlo pelear y gritar su nombre a todo pulmón: ¡Rocky, Rocky, Rocky! Ese último combate que no pidió contra el más endemoniado de sus rivales, aquel que a veces  da toda la vida y otras suele aparecer cuando menos se espera: la muerte.

   Era la única manera que había de vencerlo. La muerte lo sabía. Ahora no estaba sobre el ring. No esperaba sentado en su banqueta el sonido de la campana para salir como un león a acabar con su rival. No. Esta vez estaba sentado, sí, pero en uno de los asientos de la avioneta cessna que lo llevaba a su hogar frente al mar..No había rival aparente. Sólo ella que quería ganar el desigual combate. El KO perfecto que acabara de una vez con la leyenda.

   El l no esperaba esa pelea, no la quería, jamás la hubiese pedido. Esta vez sólo quería llegar a su casa, para ver como su pequeño hijo adoptivo que acababa de aprender a caminar, fuera a alcanzarlo hasta la puerta, dando quizá tumbos de un lado a otro hasta y fundirse en sus brazos que tantas veces levantó como señal de victoria. Para entonces la mesa estaba servida. Bárbara, su esposa que cumplía 40 años, caminaba de un lado a otro atendiendo a los amigos que esperaban por Marciano.

   El cake sobre la mesa también esperaba para ser picado. El había llamado desde Chicago: ¨No se vayan, esperen por mí”.  Era una buena noche para celebrar los 46 años del campeón que había nacido el 1° de setiembre de 1923 en Brockton, Massachussets y había escalado el ring en el año 1946, a los 24 años, cuando muchos a esa edad poseían títulos de campeones. Estaba Rocky ansioso por llegar. Sabía muy bien de la espera y del encuentro.

   Si por él hubiese sido nada habría tardado aquel viaje sin sonidos de campana, sin rival cortado en las cejas por los puños, ni árbitro haciendo conteos de protección. Hubiése terminado el pleito más temprano que nunca y antes de llegar al camerino ya iría sin los guantes invictos corriendo para tomarse una ducha y apenas decir unas palabras a la prensa, que una vez más iba a repetir lo mismo “Volvió a ganar Rocky Marciano y sigue invicto”.

   Pero la  muerte no soportaba. Sufría de tanta vida todavía.  Incluso de las victorias del hijo de italianos que llegó a trabajar como zapatero en Nueva York y  soñó alguna vez ser pelotero antes de subir al cuadrilátero. “Es un buen día para la muerte”,, pensó seguramente la Muerte. Se trataba de no posponer más la última de sus peleas y acabar así con el gran invicto del mayor de los pesos que retuvo su corona durante siete años y ganó las seis defensas que hizo.

   Su última aparición sobre el encerado había sido en el año 1956, en el Yankee Stadium del Bronx  de Nueva York frente a Archie Moore, a quien derrotó en el noveno asalto. Este hombre que no se movía con elegancia sobre el ring, que lucía torpe a la hora de deslizarse sobre la lona, que poseía una técnica muy rudimentaria y no muy buena coordinación y balance,  no daba tregua apenas oía la campana.

   Escaló 49 veces al ring y en todas los árbitros levantaron su brazo en señal de triunfo, De ellas liquidó 46 antes del tiempo reglamentario. Así fue como tejió  su camino victorioso, imponiéndose con su descomunal pegada que era un martillo de herrería y exponiéndose con un valor sin par ante todos sus contrarios. Resaltan entre aquellos 46 que tiró a la lona y no volvieron a levantarse para pelear, uno de los hombres más grandes que ha dado la historia del pugilismo mundial: Joe Louis, a quien venció en el año 1951, cuando realmente ya no era la sombra de quien había sido en sus años gloriosos de gran campeón.

   Eso sí, el combate representaba para él pelear contra su ídolo de toda la vida, el hombre que más había admirado en el boxeo. Al final lo dejó colgado de las cuerdas en el noveno round, sin apenas poder responder la andanada de golpes que una y otra vez hacían diana sobre su rostro y su gloria.  Otro tanto hizo en pelea consagratoria con Jersey Joe Walcott, a quien liquidó a los 43 segundos de iniciado el round número 13 en el año 1952. De  ese modo se mantuvo hasta su retiro en el año 1956.

   No tenía contrarios, no había rival que pudiera frenar su victorioso ascenso a lo más alto de los pesos pesados y sólo pesaba 185 libras  y su estatura no rebasaba los 5.10 pies. Sabía la Muerte que Marciano ya no volvería a pelear más, que había colgado los guantes por siempre en el año 1956, que ahora se trataba de seguir al lado de la familia, de luchar por ella y ver crecer a los suyos. Pero ya la muerte había tendido la trampa. Calentaba sus motores malolientes al lado del piloto, lo llevaba en la obscura y tormentosa noche por donde no tenía que volar, le hacía más difícil el trayecto hasta que no esperó más y quiso que todo se acabara  estrellándose contra un árbol de roble en Des Moines, Iowa. Era la única manera que podía  vencer al Rey.

   Rápido y de una vez. Sin tiempo para conteos, porque todavía era capaz de volver a pararse y comenzar a tirar golpes. La Muerte lo sabía. Dicen los que más saben de la vida y del boxeo que La Muerte le tenía miedo a Marciano. Por eso lo mató. Lo dejó amarrado a su asiento en su último viaje en medio de un desolado campo de maíz. De otro modo nadie lo habría podido tumbar. Era capaz de soportar los más terribles golpes sin dar muestras de debilidad. Poseía una quijada de hierro que soportaba cualquier embate de pie. Esta pelea no dependía de sus puños.  

    Esa noche de mal tiempo no debió el campeón de subir a la avioneta. Pero ese capítulo estaba escrito por otro autor y él no sabía que jamás llegaría a abrazar a su mujer y sus hijos ni tampoco a sus amigos en los festejos de su cumpleaños y el de su esposa. ¡Qué mala noche! ¡La peor de todas! La que dejó el peor de los silencios por un instante, para luego no parar el sonido de la campana ,como si se tratase acaso del inicio de cada combate en la más grande pelea de la vida del mítico campeón estadounidense.

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