canelo pekNo tengo el pelo color de miel, ni mi cuerpo para nada es alto, esbelto y musculoso. Tampoco exhibo pecas en mi rostro, pero SI YO FUERA Saúl “El Canelo” Alvarez saldría a liquidar cuanto antes al boricua Kermit Cintrón en el combate que sostendremos (ya me creo que soy el púgil mexicano) el sábado en la Monumental Plaza de Toros de México.

Una paliza mía con un final por la vía del sueño (insisto, soy el Canelo), lanzaría un mensaje de poder a mis inmediatos rivales, con preferencia inmediata en el escalafón para mi paisano Julio C. César Chávez, ganador convincente ante un temeroso Peter Manfredo hace pocos días en Houston, Texas.

Este venidero triunfo por nocaut o con una amplia ventaja ante Cintrón, de quien no puedo descuidarme por su fuerte pegada, significaría una preocupación psicológica para cualquier adversario, un factor de gran significado en este deporte, que tiene como vehículo motor a los puños, pero que los dirige incuestionablemente el cerebro.

De materializarse mi choque (sigo introducido en la piel de Canelo) con el “Junior” Chávez ofrecería el “pleito más esperado por la actual generación de fanáticos al boxeo en territorio mexicano”, lo que por supuesto me llenaría de orgullo y satisfacción.

Sé que no es quimérico mi propósito. Tengo una derecha con dinamita de alto poder y mi gancho de izquierda no es como para abochornarse (le pueden preguntar a Alfonso Gómez o Ryan Rhodes, mis dos últimas víctimas).

También tengo buen desplazamiento y para que mi alegría sea infinita estoy convencido de que la plaza de toros coreará mi nombre hasta el delirio, como si se tratara de un “mataor” que intenta dar la estocada final al astado (le ofrezco mis disculpas a Cintrón si se siente ofendido por la comparación).

Pero por encima de todo, necesito ganar con la velocidad de un rayo antes de que el boricua se envalentone y vengan a mi mente las posibles consecuencias de la demanda judicial que estableció Ulises “Archie” Solís, campeón mundial minimosca, por una presunta paliza que le propiné en la calle.

No tengo ningún temor, ni remordimiento por algo que no hice. Sin embargo, con el dulce sabor de la victoria ante “El asesino” Cintrón podría retirarme del campo de batalla con la tranquilidad de haber retenido mi corona superwelter del Consejo Mundial y dejando a un lado la inquietud por las consecuencias de lo que podría suceder en los tribunales.

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