Si yo fuera Miguel Cotto jamás hubiera subido a un ring. Rectifico. Quizás sí…a tomarme una foto. Ni el talento ni los millones me convencerían de exponer mi anatomía a esta añeja y peligrosa profesión, destinada exclusivamente para verdaderos guerreros.

Pero “Junito”, como prefieren llamarle sus paisanos, hizo carrera como boxeador y no soy quién para cuestionarlo. Menos cuando está a las puertas del megacombate contra el estadounidense Floyd Mayweather, pactado para el 5 de mayo en el MGM Grand de Las Vegas y en el cual estará en juego el cinturón de las 154 libras de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB).

La jerarquía del rival es tal, que una minúscula distracción sería fatal. Y es que los especialistas colocan al “Pretty Boy” en el puesto número uno del escalafón de los mejores peleadores libra por libra. A su altura solo se encuentra, hasta el momento, el filipino Manny Pacquiao, quien por cierto, noqueó a Cotto el 14 de noviembre de 2009.

Si fuera Cotto esa precaución sería la primera que tomaría: reconocer que por muchos conflictos extradeportivos que tenga Mayweather –cumplirá en breve una condena de tres meses de prisión por abuso doméstico- es un peleador que en la escala del uno al diez marca el 12.

No es obra de casualidades que se mantenga invicto en 42 presentaciones profesionales, 19 de ellas con el rango de titulares. Juan Manuel Márquez, Oscar de La Hoya, Shane Mosley, Ricky Hatton, Carlos Manuel Baldomir, Genaro Hernández son algunos, para no hacer interminable y tediosa la lista, de los ilustres que no pudieron someterle.

Si por un instante invadiera la psiquis del boricua de 31 años utilizaría siempre el modo imperativo. Solo con disciplina militar puede vencerse a este hombre de 35 abriles, que ya ha hecho méritos para incluirse entre los más grandes de todos los tiempos.

Nada de medias tintas. No dudaría en seguir a pie juntillas las indicaciones del entrenador cubano Pedro Luis Díaz, el advenedizo e “inexperto” que se contrató antes de la batalla contra el mexicano Antonio Margarito, y que ayudó a comprender que el boxeo, más que un deporte, es el arte de pegar y no recibir.

Nunca bajo la supervisión de Enmanuel Steward (entrenador de míticos boxeadores que ya tiene un bien ganado espacio en el Salón de la Fama), Cotto lució tan dominante como lo hizo frente al “Tornado de Tijuana” en el Madison Square Garden de Nueva York.

Ese trascendental hecho ratifica que cada advertencia del doctor Díaz puede ser decisiva para contrarrestar el escurridizo estilo y sobre todo, el puño izquierdo de Mayweather, quizás su arma más letal.

Si fuera Cotto trataría de provocar a “Pretty Boy” sin jugar en su terreno. Tragaría en seco y sometería mi orgullo; esperaría que él iniciara los intercambios, para luego enredarlo en la corta distancia y sacar decisivo provecho.

En el plano defensivo renunciaría al desenfado y la irreverencia latina por la cautela y la sangre fría del estilo europeo. Esa estrategia obligaría a Mayweather a permanecer más estático para lograr dianas efectivas y como consecuencia sería también menos complicado responder con acierto.

Y por último, ocupando la anatomía de Cotto trataría de ser preciso en el golpeo, sobre todo, durante los primeros asaltos para preocupar a “Money” y que no pueda tomar confianza. Junto a ello estaría preparado para jugar sucio si las circunstancias lo requieren, pues Mayweather es reconocido por su picardía y si lo dudan, pregúntenle a Víctor Ortíz.

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