Hekkie El Verdugo Budler vs Byron Rojas 3b216

A eso, así de simple, se limita el desenlace de una pelea en la que la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) ha accedido a emparejar a su supercampeón con un contendiente que ronda la parte baja del Top-10 en el ránking de esta organización y apenas se menciona en los restantes escalafones. A eso, así de sencillo, se reduce todo, a exponer a un castigo innecesario a un boxeador que no estaba listo para dar un salto cualitativo brutal en la calidad de su rival.

Con el párrafo anterior pensaba dar inicio a este artículo dominical, refiriéndome primero al, a priori, desnivelado duelo en el que el sudafricano Hekkie “El Verdugo” Budler debía revalidar su supercinturón del peso mínimo, avalado por la AMB (así como el menos relevante de la Organización Internacional –OIB), frente al nicaragüense Byron “El Gallito” Rojas, el último retador elegido por el mánager del campeón con la connivencia de la entidad que radica en Panamá y ahora dirige el venezolano Gilberto Mendoza hijo.

Mi idea inicial era desenmascarar la falta de ambición del defensor del cetro (y la complicidad de la AMB), al no buscar contrincantes a la altura del premio simbólico que le otorgara la Biblia del pugilismo profesional, la revista The Ring, que lo acreditaba como campeón lineal de las 105 libras. Campeón lineal, obviamente, en un contexto de conjeturas, hipótesis, cálculos subjetivos al que el presente nos obliga por la imposibilidad de ver midiéndose, en un mismo cuadrilátero, a los monarcas de cada entidad, hasta que sea uno solo el que quede en pie con todos los fajines habidos y por haber.

El Verdugo Budler y su último triunfo –de puro trámite, pensaba yo– me darían más argumentos para criticar separadamente a la AMB, una de las cuatro instituciones boxísticas legitimadas por no sé quién, no sé dónde y no sé cuándo para regir a su antojo el destino del deporte de los puños en su versión a sueldo. Solo pasé por alto un detalle, El Gallito Rojas se burlaría de todos los pronósticos y destronaría al ídolo de Gauteng, precisamente ahí, en la ciudad que lo vio nacer y ante la mirada incrédula de todos los hinchas que acudieron al Emperors Palace de Johannesburgo para respaldarlo.

Debo aceptar que, al conocer el resultado del pleito Budler vs. Rojas y repasar luego las incidencias de la victoria por votación unánime del peleador de Matagalpa, me quedé, literalmente, sin palabras. Y sin nada mejor que decir, decidí mantener el párrafo inicial sin cambiarle ni una coma, apelando a toda la tolerancia del lector, y agregarle más adelante la citada corrección del resultado, para rendir merecidos honores al recién coronado Byron, antes de dar paso al principal objetivo de esta nota: señalar una vez más la situación surrealista que impera en el boxeo profesional cortesía de la AMB y compañía.

Lo ocurrido este sábado en Johannesburgo no es una prueba de cuán competitivo es el escalafón de la AMB; solo corrobora que el boxeo es un deporte que no admite deslices ni en la preparación ni durante la contienda, y en el que, teóricamente, ambos contrarios, con similar peso corporal, disponen de las mismas armas, un par de guantes, e igual tiempo, tres minutos por asalto, para aspirar al éxito. O tal vez el revés de Budler debería interpretarse como una reafirmación de que los apuros que pasó en su refriega previa (frente a su compatriota Simphiwe Khonco) no fueron obra de la casualidad, y el rendimiento del sudafricano ha mermado en comparación con el calendario de su consagración, 2014.

Sin alargar más el asunto, apartándonos del que interesa, digamos que Rojas fue, inesperadamente, el mejor gladiador en el ring y vayamos al grano.

La AMB podrá discrepar con quienes pensamos que es más culpable que la Federación Internacional (FIB), el Consejo y la Organización Mundial (CMB y OMB) de que tengamos la friolera de ¡87! púgiles (cada vez que cuento aparece uno nuevo) con un trofeo ceñido a la cintura que los acredita como campeones del mundo. Difícil explicar semejante absurdo: 17 divisiones de peso, un solo planeta para que reine el mejor exponente de cada una de ellas y un total de 87 seres humanos que serían muy ingenuos al pensar que realmente pueden ostentar el primado universal de manera simultánea.

La culpa toca compartida, dirá Mendoza Jr., pero sería injusto exigirle al cuarteto (CMB, AMB, OMB y FIB) que la asuma a partes iguales cuando de esos 87 campeones súper, interinos, regulares, indiscutidos, unificados, en receso y sabe Dios con qué otra etiqueta, un asombroso acumulado de ¡41! atesora en sus vitrinas un fajín de los que concede la AMB. Casi la mitad -sin ser las matemáticas mi fuerte-, más del 47 por ciento de los llamados campeones son marca AMB y, consecuentemente, una porción proporcional del pastel va a parar a sus arcas en Ciudad de Panamá al certificar los combates en defensa de esos tronos.

Mendoza Jr., en el rol de timonel (su padre, que falleciera el pasado 11 de marzo, fue presidente de 1982 a 2015), continúa pregonando que su entidad aspira a reducir el número de campeones y que trabaja arduamente en ese sentido, pero mientras la cifra de cinturones que coexisten diga lo contrario, la AMB podrá ser bautizada como la supercampeona de estos cuatro jinetes que han hecho un verdadero apocalipsis del otrora glorioso concepto de campeón.

La situación, por no ir muy lejos en el tiempo, se convirtió en toda una catástrofe semántica hace apenas dos semanas. El pasado 5 de marzo, los aficionados australianos escuchaban que su coterráneo Lucas Browne había hecho historia al convertirse en el primer boxeador de las más de 200 libras (pesado) del país con un título mundial (regular) de la AMB. Pero mientras Browne celebraba con bombos y platillos su nocaut a expensas del uzbeco Ruslan Chagaev en Grozni, la misma noche sabatina, en Washington, el cubano Luis Ortiz, campeón mundial (interino) de la AMB, escalaba a un ensogado para vapulear al estadounidense Tony Thompson (en un choque en el que no estuvo en juego el fajín del caribeño).

Browne y Ortiz no son culpables de lo risible que resultan sus cinturones, porque intercambiando con sus oponentes puñetazos, sangre y lesiones cerebrales los han conquistado en buena lid. Pero quién entenderá que sean llamados como tal (campeones) cuando ninguno se ha medido todavía al británico Tyson Fury, campeón unificado de la AMB y la OMB, y verdugo (el hombre que venció al hombre) del hasta entonces mandamás entre los mastodontes, Wladimir Klitschko. Tampoco se explica convincentemente en una oración la reciente coronación del norteamericano Charles Martin como soberano de la FIB, mientras su paisano Deontay Wilder es igualmente campeón del mundo porque así lo ha determinado el CMB.

Como todo apunta a que el referido cuarteto dirigirá la orquesta por un buen rato, habrá que seguir bailando al ritmo de los 87 campeones y destrozarnos la memoria recordando a los que podamos. Para empezar ese ejercicio tortuoso, tengamos claro que ahora el supercampeón de las 105 libras de la AMB responde al nombre y apodo de Byron “El Gallito” Rojas, y que el mismo organismo reconoce al tailandés Thammanoon “Knockout CP Freshmart” Niyomtrong (complicado de memorizar) como su campeón interino del peso mínimo. Paralelamente, Wanheng “El Pequeño Gigante de Tailandia” Menayothin es el campeón de esa categoría por el CMB; el mexicano José “Tecuala” Argumedo, el campeón de la FIB, y el japonés Kosei Tanaka, el de la OMB.

En fin, ¡enhorabuena, Nicaragua! Un nuevo campeón de boxeo profesional figura ya en el listado histórico de esa nación centroamericana, la tierra del legendario Alexis Argüello. Byron se suma, con similar distinción en el presente, al astro pinolero Román “Chocolatito” González, quien además es el número uno del escalafón libra por libra.

El caos orquestado por la AMB y sus homólogas, para nada novedoso, no puede servir de excusa para restarle méritos a la actuación de El Gallito Rojas en patio ajeno, y como un héroe moderno –y este vaticinio sí que no fallará– será recibido por los aficionados matagalpinos y los de todo el país.

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