Tyson Fury y Anthony Joshua 95ab3

Más de 12 años han transcurrido desde que Lennox “El León” Lewis colgó los guantes y dejó vacante su condición de campeón lineal del planeta en la máxima división del pugilismo, además del título del Consejo Mundial (CMB) y el de la revista The Ring. Aunque su último combate aconteció en junio de 2003, no fue hasta febrero del siguiente almanaque que el astro británico terminó de aceptar los achaques del tiempo y, camino a cumplir los 39, con 14 de esos calendarios dedicados al boxeo profesional en la categoría donde más estragos causan los golpes, anunció su retiro oficial.

El León Lewis no se dejó seducir, como tantos otros que lo antecedieron (Joe Louis, Mohamed Ali y Larry Holmes), con los cantos de sirena que lo invitaban a retornar al ensogado una noche más, por otro cheque de ocho dígitos. Ni la lucrativa bolsa que le garantizaba su firma en el contrato de la revancha con su última víctima, Vitali Klitschko, ni los insistentes desafíos cuestionando su hombría del gigante ucraniano, sediento de venganza, le hicieron titubear en su sabia decisión.

Un camino empedrado había tenido que transitar hasta esa fecha para ganarse el respeto y la admiración, no solo de los aficionados a nivel internacional, sino también de los de su propio país de origen. Nacido en la capital del Reino Unido, de padres jamaicanos, Lewis se mudó con su familia a la ciudad de Ontario con solo 12 años, y justamente en representación de la bandera de Canadá se produjo su primer asalto a la fama, con la conquista de la medalla de oro en la categoría de más de 91 kilogramos (superpesado) en los Juegos Olímpicos Seúl 1988.

Su permuta de enseña nacional al dejar las filas amateurs y pasar al profesionalismo no fue recibida con bombos y platillos: “es canadiense de corazón y británico por conveniencia”, solían decir algunos de sus coterráneos. Y para agravar el conflicto que prevalecía en suelo patrio, nada mejor que la soberana paliza que le recetó en 1993, en Cardiff, capital de Gales, a Frank Bruno, uno de los atletas británicos más populares más allá de los límites del ámbito deportivo, como lo fuera antes Sir. Henry Cooper.

En ultramar también le costó doble ganarse el aprecio de los hinchas, en una década de los 90 en la que Mike Tyson, con sus altibajos dentro y fuera del ring, era la estrella más taquillera, mientras los también estadounidenses Evander Holyfield, Riddick Bowe y el rejuvenecido George Foreman se repartían el resto de la cuota de simpatía entre los seguidores del deporte de los puños.

Lennox Lewis (44-2-1, 32 KOs) venció convincentemente a los mejores de su era o, para ser más exactos, a todos los púgiles de la élite que se aventuraron a enfrentarlo (Bowe rehuyó el duelo con él, una reedición de la final de Seúl 1988). El oriundo del barrio londinense de West Ham vengó con creces sus dos únicas derrotas a manos de los norteamericanos Oliver McCall (TKO-5, con lágrimas incluidas) y Hasim Rahman (con espectacular KO-4), y dejó claro que un británico, de ascendencia jamaicana y apodado El León, era el verdadero soberano indiscutido (undisputed champion) en las más de 200 libras de esa generación.

Precisamente el simbólico título de campeón lineal se lo adjudicó en marzo de 1998, con el espectacular nocaut que le propinó a Shannon Briggs (verdugo de Foreman), en una pelea pletórica de acción. Tal distinción lo acompañaría hasta el día en que dijo adiós a los cuadriláteros (la perdió por un breve período de tres meses a manos de Rahman, con el que dividió honores –KOs– en 2001).

Lewis se convirtió entonces en el segundo británico en la historia del boxeo asalariado reconocido por la afición con el coloquial calificativo de “el hombre que venció al hombre” (the man who beat the man). El primero, Bob Fitzsimmons, lo había logrado de manera efímera un siglo antes, en marzo de 1897 (hasta junio de 1899, pero sin defenderlo), en una época en la que los contendientes de la categoría de mayor tonelaje se asemejaban mucho más a los actuales supermedianos (168 libras) o semipesados (175) que a los mastodontes que han escalado al ring en tiempos modernos.

La década que siguió al retiro de Lewis estuvo marcada por la mediocridad de los representantes del Reino Unido en esta división, en sintonía con el bajón de sus pares allende los mares, aunque no faltaron las falsas alarmas: un Audley Harrison que creó mucha expectación por su oro olímpico en Sídney 2000 y decepcionó a sus parciales cada vez que le tocó brillar como profesional; un David Haye que ganó reputación como crucero (200 lb.), pero que, cuando dio el salto en la báscula, no emuló con sus puños el éxito de su verborrea punzante; y su tocayo, el gigantón Price, que fue la gran promesa de Liverpool hasta que Tony “El Tigre” Thompson lo anestesió por partida doble.

La sorpresa que Tyson Fury protagonizara el 28 de noviembre de 2015, en la ciudad alemana de Dusseldorf, a expensas del ucraniano Wladimir Klitschko, devolvió a territorio británico el simbólico campeonato lineal en las más de 200 libras. No ha sido el trayecto de Fury, ni medianamente, lo exigente que fue el de Lennox antes de adjudicarse el mismo galardón. En su trigésima cuarta pelea lo hizo, contra Briggs, el hoy miembro del Salón Internacional de la Fama del Boxeo, después de doblegar a ex titulares del mundo como Mike Weaver, Tony Tucker, Frank Bruno, Tommy Morrison, Ray Mercer y Oliver McCall; el afortunado Fury, en su vigesimoquinta, ante un monarca casi cuarentón que era su primer contrincante de envergadura.

Al superar a Wladimir en aquel pleito soporífero, el invicto Fury (25-0, 18 KOs) se apropió del título de campeón unificado de la Asociación y la Organización Mundiales (AMB y OMB), así como del de la Federación Internacional (FIB), un fajín, este último, que le fue retirado injustamente por otorgarle la revancha al de Ucrania. Lewis debió esperar a su trigésima séptima reyerta, segunda con Holyfield (fue despojado del triunfo en la primera), en noviembre de 1999, para concretar el sueño de unificar su cinturón del Consejo Mundial (CMB) con los de la AMB y la FIB que ostentaba su contrario.

Un compatriota de ambos, Anthony Joshua, tendrá todavía más suerte en lo concerniente a las oportunidades tempranas: con solo 15 contiendas en su currículum, ninguna frente a un rival con pedigrí, retará al inmerecido campeón mundial de la FIB, el estadounidense Charles Martin, el próximo 9 de abril, en La O2 Arena de Londres. Lewis, menos dichoso, fue declarado por primera vez campeón absoluto (el CMB le entregó su fajín después de que Bowe se rehusase a enfrentarlo) de una de las cuatro organizaciones, con 23 refriegas en su récord y varios contendientes serios en su lista de víctimas (Gary Mason, Weaver, Tyrell Biggs, Donovan Ruddock y Tony Tucker).

Todavía está por verse si con Joshua (15-0, 15 KOs), campeón olímpico de Londres 2012, se repite –o no– el cuento infeliz de Audley Harrison, o si la noche de gloria de Fury no fue un mal día de Wladimir Klitschko, pero algo sí queda muy claro en esta comparación suponiendo que ambos triunfen en sus venideros compromisos: los títulos cada vez son un reflejo más inexacto de la realidad dentro de los encordados.

En una semana, el Reino Unido podría jactarse de poseer en su espacio fronterizo tres de los cuatro premios de relevancia en las más de 200 libras, AMB (súper), OMB y FIB, además del de campeón lineal. Solo el fajín del CMB escapará a esta suerte de monopolización de los cinturones, pues aún estará a salvo en la cintura del norteamericano Deontay Wilder. Será un hecho verificable, como que la sumatoria de 2 y 1 es igual 3. Pero de ahí a decir que Fury o Joshua dominan la división, como lo hiciera Lewis a mediados de los 90 y principios de este siglo, dista un buen trecho.